Algo que es urgente en la época actual, llamada de posmodernidad, es rescatar el lenguaje simbólico, emblemático y analógico que nos ofrece como paradigma el barroco. Alguien que ha querido resaltar la necesidad de esa analogicidad en la cultura, como modelo de racionalidad, ha sido Mauricio Beuchot. Trataré de formular algunas reflexiones críticas tomadas a partir de esa analogicidad que se da en el barroco, para contrastarla con la que él propone, y así obtener algunos elementos que entran en conflicto con su propuesta.

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El lenguaje emblemático, que tuvo su origen en el Renacimiento en su afán de recuperar la Antigüedad, estuvo vivo no sólo en la intelectualidad novohispana, sino en toda la cultura cotidiana, incluso en la religiosidad popular (a través de los jesuitas). Claro que originalmente el emblematismo tiene que ver sobre todo con la tradición del hermetismo (figuras y símbolos aparentemente ininteligibles como los jeroglíficos o pinturas simbólicas que escondían verdades divinas). Pero este lenguaje, al darse en un contexto histórico donde prevaleció un fuerte proceso de mestizaje cultural, lo que produjo fue una situación de interpenetración de códigos opuestos o distintos. Por eso es que la analogía puede definirse también como un pensamiento de coparticipación, que trata de hacer un proceso de hibridación o mestizaje «sin fusionarse o devorarse mutuamente, sino guardando sus proporciones».
Es claro que durante el siglo XVII recién podía darse una situación analógica, al haberse producido un cambio en la política colonial. Como se sabe, antes se dio una política de tabla rasa donde se trataba por medios violentos de la extirpación de los ídolos y la cultura del Otro. En tal situación era imposible que fructificara una hermenéutica analógica, ya que sólo se permitía la destrucción simbólica, es decir, una hermenéutica unívoca, imperialista, impuesta en función de la utopía apocalíptica de los franciscanos. Los emblemas, en la medida en que posibilitaban combinar ideas nuevas dentro de los cánones establecidos por la política de la Compañía de Jesús en el siglo XVII, permitieron la circulación de textos analógicos o formas de vida sincréticas antes prohibidos. No sólo articulaban unidades pertenecientes a sistemas semióticos diferentes (de tipo icónico, verbal o musical), sino que permitían textos cuya correspondencia aparecía postulada por el simple hecho de su concurrencia. Los movimientos del alma, los del cuerpo y los de los astros seguían los mismos principios como manifestaciones de una escondida armonía. Estas correspondencias abarcaron el plano social, natural y divino.
A través del uso del lenguaje emblemático se daba una imagen manejable de la realidad. Por un lado, el orden social jerárquico se justificaba por medio de analogías naturales y teológicas. Por otro lado, ese mismo lenguaje permitía la elaboración de textos que se convertían gradualmente en instrumentos críticos, ya que inauguraban una hermenéutica de tipo aperturista, es decir, un espíritu de aceptación ante todo tipo de estímulos intelectuales y de conocimientos que cuestionaban la representación teocéntrica del universo. Dado el excesivo celo de la Iglesia y dado el hecho de que los intelectuales novohispanos tampoco podían reducirse a mantener concepciones obsoletas, el uso del lenguaje emblemático fue una opción que les permitió eludir temporalmente la censura oscilando entre el saber científico y la contemplación estética.
Como dice un historiador de la ciencia, esto nos obliga a hacer una distinción en la recepción y difusión del hermetismo en la Nueva España, ya que mientras unos aceptaban sus postulados científicos, otros (los poetas, pintores y otros artistas) adoptaban muchos de los ricos conceptos teóricos, sobre todo astrológicos y alquímicos, plasmándolos en sus obras:
«La forma en que el hermetismo neoplatónico mezclaba y combinaba los conceptos científicos y mágicos con los estéticos, históricos y religiosos despertó el interés de muchos novohispanos cultos, Sor Juana entre ellos. Y este interés, que no era científico, sino estético, histórico e incluso si se desea arqueológico, se vio alimentado por las obras de autores como Kircher, Valeriano, Cartario y otros muchos, para quienes -muy en la lógica del neoplatonismo clasico- el saber científico y la contemplación estética del cosmos eran una sola e inseparable forma de conocimiento, y la única verdadera». (Elías Trabulse, «Sor Juana Inés de la Cruz y la ciencia perdida», en Margarita Peña (comp.), Cuadernos de Sor Juana, México, UNAM, 1995, p. 19.)
No es casual que los emblemas que cautivaron el imaginario de la intelectualidad novohispana constituyeran una mezcla fantástica de símbolos diversos y opuestos, como, por ejemplo, dioses egipcios junto con representaciones griegas, romanas, aztecas, etcétera. No había oposición entre paganismo y catolicismo, ya que todas las religiones, al igual que las tradiciones culturales, se combinaban de modo bastante creativo. Esta combinación se justificaba en todo caso en la actitud de tolerancia (que no duró mucho tiempo) hacia la posibilidad de que el afán por descubrir las verdades divinas no podía contraponerse con la acumulación de conocimientos científicos. El ansia del conocimiento parecía ilusoriamente compatible con la glorificación de Dios.
El modo de pensar que combinaba el paganismo con el cristianismo reúne varias tradiciones de origen mágico y positivista (astronomía, física, alquimia, etcétera). En esta interpretación, donde todo es posible y nada se excluye, se encuentra también una perspectiva hermenéutica que podríamos llamar de «analogicidad», que permite hermanar filosofias distintas como las de Platón y Aristóteles. Tal como sugiere Mauricio Beuchot, dicha perspectiva hermenéutica se puede encontrar en épocas distintas como «rejuego de las imaginación creadora y de la razón estructurante, de lo imaginario, lo conceptual, inclusive de lo emocional y de lo intelectivo, del Verbo y el Espíritu. Por eso se pasa de una mística sensual y visionaria a una mística especulativa y sapiencial».
En ese juego del Verbo y el Espíritu se opera la síntesis de las fuentes del conocimiento simbólico. Ya no se da por una parte la imaginación y por otra, lo inteligible, como tampoco se da la metáfora por un lado y la metonimia por el otro.
Un comentario en “¿Qué es la hermenéutica analógica-barroca? El barroco como paradigma”