Lugares de la memoria: viaje a Bolivia 2022

La plazuela Colón

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Uno de los pocos lugares de Cochabamba que no ha sufrido el paso destructor del tiempo es sin duda la plazuela Colón. Aunque está rodeada de edificios modernos no ha perdido su encanto. Siempre que llegas al país lo primero que haces es irte a sentar y no hacer nada. Ahora estás ahí, es la hora del crepúsculo. Ves pasar gente… pero lo que más llama tu atención es el chillido de los loros. Es como si hubieras entrado a una sala de conciertos. Hay algo mágico en el ambiente, no sabes si es por el chillido ensordecedor de los pájaros, de repente aparecen imágenes olvidadas: te ves ahí jugando cuando tenías dos o tres años. Cerca estaba tu casa, recuerdas un zaguán frío y oscuro. Revives la sensación de salir de esa especie de prisión y correr por la plazuela muy alborotado y feliz.

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La plazuela Colón era en aquella época ese lugarcito que hacía posible tu encuentro con la libertad. Estás conmocionado porque te das cuenta de que es un lugar donde no pasa el tiempo, un espacio congelado para volver una y otra vez al pasado (cuando quieras y cómo quieras). Tal vez sea un hoyo negro o una ventana abierta a otro universo. Lo cierto es que tu cuerpo siente que tu ser es parte inseparable de ese ambiente, de ese aire y de esa naturaleza.

Mientras cae la noche los recuerdos permanecen y no puedes reponerte de la sensación extraña de haber vuelto a tus primeros años, a tu lugar de nacimiento, a tu hogar junto a tu querida madre y tu familia.

El callejón del diablo

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Como los amigos que vas encontrando también te encuentras con lugares de la ciudad que creías olvidados. Ahora estás en tu casa natal en la calle Ecuador, a un lado del antiguo convento de las Capuchinas y el Pasaje del Diablo, el legendario “Kulku”.

Se contaba en el pequeño pueblito que entonces era Cochabamba que cuando alguien atravesaba esa pasaje por la noche se lo cargaba el Diablo (como le sucedió a un tío que se recogía bien borracho). En verdad, la historia te producía tanto miedo que nunca te atrevías a cruzar ese callejoncito que te podía llevar directo al infierno. Además de esas historias recuerdas muchas otras leyendas que te contaba tu madre. Imposible olvidar esas bellas historias y leyendas que junto con esas calles oscuras de tu infancia aparecen en forma recurrente en tus sueños.

La plaza principal

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Suena el teléfono: “Hola Samuel, soy Raúl Barrios, estoy de paso por Cochabamba ¿podemos vernos? Y tú le respondes medio dormido “claro que sí Raúl” ¿A qué hora y dónde? A las 10 dónde siempre ¿y dónde es siempre? En la Plaza Principal, “dónde vive el cóndor”. Se ríe y dice, “bueno, ahí nos vemos”.

Cuando estás despierto, tomando tu café, bien pancho y quitado de la pena, piensas ¿por qué le dijiste eso del cóndor? Es que Raúl Barrios es un amigo de los años 70. En aquella época cuando hacíamos huelgas, paros o manifestaciones, para burlar a los perros de la dictadura militar solíamos citarnos ahí (“donde vive el cóndor”). Ahora han pasado más de cuarenta años, el cóndor sigue ahí y vuelves a encontrarte con los viejos compañeros. Como la universidad siempre estaba invadida por los tanques del ejército, no había posibilidad de seguir estudiando. La única alternativa era irse del país.

Cuando llega Raúl y después de un largo y cálido abrazo comienza la conversación: ¿cómo te ha ido compañero? ¿cómo te ha tratado la vida? Te hace un relato largo y detallado. Las horas pasan volando y no termina de contar su vida. Vivió en Suiza, México, Estados Unidos, Chile y Panamá; trabajó desempeñando funciones diplomáticas y consultorías. Tiene dos hijas a las que quiere mucho. Una de sus grandes pasiones es la fotografía. Hizo exposiciones en Australia y Cuba. Al final de su relato concluye que no encontró lo que buscaba: una institución para afianzarse y no seguir flotando. Y cuando te pregunta sobre tu vida le cuentas que tú te afianzaste en una universidad de México. Los dos recuerdan emocionados a los antiguos compañeros y profesores de la universidad, casi todos ya desaparecidos; evocan aquella Cochabamba de los años 70, de la que ya no quedan más que ruinas, sólo recuerdos y más recuerdos….

Quisieras que no pase el tiempo y seguir contándose mil cosas de aquellos años pero Raúl tiene que irse corriendo al aeropuerto para tomar un avión a Chile. Es muy difícil despedirse. Sólo le alcanzas a decir: ¡que te vaya bien viajero! ¡que logres encontrar lo que estás buscando!

Mientras se va te quedas pensando en que ya en el avión o al llegar a Chile sentirá otra vez la misma sensación de haber dejado algo atrás, de preguntarse lo mismo: si para no sufrir el eterno desasosiego, hubiera sido mejor quedarse. Pero quizá lo importante no sea estar aquí o allá sino siempre mantener el ideal de lucha de los años juveniles. Por eso quizá también sea bueno ser como esas especies de pájaros raros que siempre están migrando. O como el viejo Ulises que sólo viajaba y viajaba intentando inútilmente llegar a su querida Ítaca.

Mi casa natal

Al jardín de mi casa natal en Bolivia ha venido un águila. Es muy extraño ya que las águilas como los cóndores habitan en las cumbres heladas como el cerro del Tunari o el Illimani. Alguien explicará este descenso de las aves a la ciudad por el cambio climático. Para mí el águila representa una deidad misteriosa y amigable. Un ser que me acompaña en silencio y no molesta.

 

 

 

2 comentarios sobre “Lugares de la memoria: viaje a Bolivia 2022

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