La magia y la neurosis de la cultura en Bolivia: identidad y modernidad

La situación del hombre boliviano.

(Publicado en la revista Ethos, núm.1 Cochabamba, Bolivia, enero de 1975)

 

Entre el hombre y el amor

hay la mujer

Entre el hombre y la mujer

hay un mundo

Entre el hombre y el mundo

hay un muro

Antoine Tudal

 

Una mirada al mundo contemporáneo me motiva a descorrer las grietas de la mente colectiva para ver los fantasmas que se escurren por nuestras calles coloniales. Sería revelador un estudio de esos tipos humanos que se han salido de toda norma e inocencia, de aquellos cuyo destino es el de vivir todos los enigmas de la vida, sublimados como infierno y tormento en su propia persona.

Resulta preciso citar a André Gide: “en cada hombre hay extrañas posibilidades, el presente estaría llenos de todos ellos si el pasado no proyectase ya una historia”. Nietzsche, Sade, Marx, Artaud, todos ellos, son algunos espíritus de la civilización que sintetizaron una negación total de la lógica común, negación de la cultura europea, negación del bien y del mal, de todo lo demasiado humano. Espíritus libres bautizados por uno de ellos como “los tentadores”: “Yo me atrevo a bautizarlos con un nombre no exento de peligros. Tal como yo los adivino, tal como ellos se dejan adivinar, pues forma parte de su naturaleza el querer seguir siendo enigmas en algún punto” (Nietzsche).

Estos espíritus, en todas partes, nacen y mueren con la luz venenosa que arroja el mundo capitalista; esa trampa colosal que ahoga los impulsos más nobles dando origen a un comportamiento colectivo que cuestiona las bases de esa sociedad, al mismo tiempo que engendra hombres mutilados, enfermos del espíritu que desarrollan sus facultades en forma disarmónica, mutantes revividos por el polvo de antiguas sangres cocidas en el silencio y los gritos de un exterminio sistemático:

El pájaro de oscuro plumaje que llevo en la sangre y que nunca ni por un instante,

a pesar de que ha

cosido mis treguas,

ha consentido en firmar la paz con la gente,

ahora da lástima verlo vigilar su placer en una ráfaga

de la tempestad

que rompe la triste promesa de la primavera.

¿Las ásperas alas del halcón de antaño son estas que

cubre ahora. Oh, tristes alas de golondrina

la cumbre nevada y el abrupto abismo?

Pobre rebelde que no sabes apreciar su orgullo,

¿apreciarías su vergüenza?

El gozo de mis alas -dice el pájaro- fue un largo crédito

pero dejemos que tengan la bondad de

odiarme y que abran el cielo.

Mi pobre halcón es tan loco, que desea tanto el odio

como el amor. Y es difícil de vencer.

T. S. Eliot

 Al negar la lengua autóctona la civilización se derrumba en un modo de vida caracterizado por la neurosis colectiva. Y quienes emergen de este universo se encuentran confundidos sin reconocerse a sí mismos, sin diferenciar su propio espacio del espacio ajeno. Tal es la situación del hombre boliviano. Como dice Herman Hesse “la vida humana se convierte en verdadero dolor, en verdadero infierno, sólo allí donde dos épocas, dos culturas, o religiones se entrecruzan”. Un hombre de la antigüedad que hubiese tenido que vivir en la Edad Media se habría asfixiado tristemente, lo mismo que un indígena se asfixia en medio de las ciudades “hay momentos en los que toda una generación se encuentra extraviada entre dos épocas, entre dos estilos de vida, de tal suerte que tiene que perder toda naturalidad, toda norma. En medio de dos mundos no reconoce su propia palabra. La civilización ha penetrado sistemáticamente en el alma original, negando su existencia y despojándole de su belleza originaria. El conflicto estalla entre él y la civilidad, entre lo auténtico y lo artificial: su neurosis se desencadena añorando los símbolos de su raza:

«Los silencios son como los tumores, malignos y benignos, van y vienen cargando de pesadez el cuerpo, por eso Viracocha quiero ser como tus siervos, perderlo todo; mis libros, mis ropas mi mujer, mi poco dinero y atar mis poemas en un pedazo de lienzo y volar por el Altiplano, por la meseta, por la llanura, y cazar, sembrar, izar velas y descubrir menudos peces y el Inti del agua y el Inti de mi sangre buscadora de bocados de coca». (Martín Alvarenga).

La formación de un lenguaje se desarrolla en el hombre boliviano, un lenguaje delirante, fabulatorio, fantástico, cosmológico, interpretativo, reivindicador, idealista, un lenguaje sin dialéctica. En este lenguaje reconocemos los símbolos de su inconciencia bajo formas petrificadas que se presentan junto con los mitos:

«En el bosque también hay lugar para el Inti, porque el Inti flota entre las hojas y hace hueco sano en la tierra, donde Tunupa vino a propagar la paz con los brazos al horizonte en la prédica de su hijo a quien no escucharon y ataron en la barca y él, sin pie ni mano hizo el Desaguadero y volvió a sus andadas para defender el maíz, más fruto para nuestros paisanos de la flor Cósmica de Oriente y de Occidente, del calor y el frío, su cabeza al Norte, sus pies al Sur, desconocido y palpitante, de tronco flojón y terco subiendo lo necesario hasta tres mil quinientos metros de altura, el maíz de Viracocha tiene esa longitud y mucho más. El maíz no descansa, muere y resucita como Tunupa» (Martín Alvarenga).

magia

En esta historia natural de los mitos es un error decir que el boliviano no los asume. La resistencia a su reconocimiento no es menor que su neurosis cuando él es inducido a ello por una tentativa de cura. Al parecer ha perdido su propia palabra asumiendo una libertad negativa donde los símbolos embalsamados encuentran su repetición compulsiva en una existencia no compartida caracterizada actualmente por el cansancio y el temor a lo nuevo.

Ahora la situación del boliviano se confunde más al derivar en una pérdida de su espacio interior: vivimos esta confusión entre lo nuestro y lo ajeno: ¿es que yo no soy yo? ¿es que me he vuelto otro y extraño a mí mismo? El hombre habla aquí porque el símbolo lo ha hecho hombre; el hombre es sacado violentamente de su simbolismo original para encontrarse con la ideología capitalista; vive confundido sin discernir el lenguaje adecuado.

Los símbolos de la metrópoli prefiguran antes de su nacimiento al boliviano, haciéndole fiel o revolucionario. Programado para adorar a los ídolos del mercado dejará su delirio para derivar en la neurosis de la normalidad o de la magia. Servidumbre y grandeza que se envuelve por la gracia del lenguaje y del gesto. Mientras tanto, aquí y ahora asistimos a su desgarramiento mental analizando su inconsciente patológico, lo que nos arranca de la mediocridad cotidiana para arrojarnos a la noción del placer y de la alegría infinita, o por el contrario al infierno donde los señores de la guerra ahogan la esperanza nacida de una dialéctica viva de los actos comunes.

Artículo completo en la revista Ethos, núm.1

2 comentarios sobre “La magia y la neurosis de la cultura en Bolivia: identidad y modernidad

Deja un comentario

Descubre más desde Samuel Arriarán

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo