David Huerta: in memoriam. Poesía y compromiso político

“Un día estaré en Armenia, en Eriván. Iré al Ararat a buscar las astillas del Arca y la montaña me tendrá devorándome. Iré al Himalaya, estaré una vez más en los montes azules, recogeré orquídeas para tus manos de niña, flores de agua y un pedazo del resplandor húmedo, afilado, que veré luego en tu cabello mientras desnuda vayas tocándome bajo la noche interminable” David Huerta

david

Llegar a Bolivia a fines de 2022. Mientras estoy desempacando mi maleta llega la noticia de la partida de David Huerta, poeta y pensador mexicano. Recuerdo los días en que le conocí en su taller literario, en los lejanos años 80. Me impresionaba su sencillez. A veces lo encontraba en la cineteca o en la facultad. Hablábamos de cine o de hechos sociales cotidianos, de los desaparecidos y la represión social. Recuerdo que escribió un hermoso poema sobre Ayotzinapa. Imposible no recordar su participación en las luchas sociales.

Aunque David Huerta tenía un inmenso conocimiento sobre la literatura universal y latinoamericana siempre era modesto. Yo buscaba con avidez lo que publicaba.

Aprendí de él a disfrutar de los grandes autores barrocos. ¡Y qué decir de sus propios poemas! A través de ellos vivimos momentos de éxtasis, de melancolía, nostalgia o de resignación ante lo irremediable. Sin duda David Huerta fue uno de los mejores poetas y pensadores latinoamericanos. Cuando salgo de viaje empaco siempre alguno de sus libros, así me siento bien acompañado.

David Huerta

Aquí está el poema de David Huerta sobre Ayotzinapa

El poema de David Huerta sobre Ayotzinapa nos ha conmovido. Cuando lo leemos hoy después de más de 10 años de la desaparición de los 43, hasta las piedras lloran y se estremecen ante este retrato desolador de un país desgarrado, roto en mil pedazos, como un espejo que no se puede reparar:

“Esto es el país de las fosas

Señoras y señores

Este es el país de los aullidos

Este es el país de los niños en llamas

Este es el país de las mujeres martirizadas

Este es el país que ayer apenas existía

Y ahora no se sabe dónde quedó”

Los días pasan y pasan y se niegan a pasar, como si no quisieran ser borrados y quedar definitivamente olvidados. ¡Ayotzinapa vive! Este grito sigue resonando en las calles, en las escuelas, en los campos, en las ciudades, en muchos hogares que se han vuelto vacíos y donde nos encontramos abandonados y perdidos:

“Estamos perdidos entre bocanadas

De azufre maldito

Y fogatas arrasadoras

Estamos con los ojos abiertos

Y los ojos los tenemos llenos

De cristales punzantes

Estamos tratando de dar

Nuestras manos de vivos

A los muertos y a los desaparecidos

Pero se alejan y nos abandonan”

Hay en este poema imágenes bellísimas que aluden a una realidad histórica (la del México contemporáneo) con un pasado que no quiere pasar, con sombras y fantasmas que regresan y regresan porque la memoria duele y nunca deja de doler:

“Y en la sombra

Aparecen los muertos

Como luces y frutos

Como vasos de sangre

Como piedras de abismo

Como ramas y frondas

De dulces vísceras

Los muertos tienen manos

Empapadas de angustia

Y gestos inclinados

En el sudario del viento

Los muertos llevan consigo

Un dolor insaciable”

.

La belleza de estas metáforas tiene como principal intertextualidad la obra narrativa de Juan Rulfo, especialmente el pequeño mundo mágico y maravilloso de Comala, donde resuenan las voces y murmullos de los muertos, más vivos que los vivos:

“Los muertos no se han ido

Ni los han hecho desaparecer

Que la magia de los muertos

Está en el amanecer y en la cuchara

En el pie y en los maizales

En los dibujos y en el río”

Puede parecer que en este gran poema de David Huerta hay un acento en la ausencia, en lo irremediable, en la nada, pero no es así. Lo que predomina más bien es la luz que surge de la oscuridad. La esperanza que renace después de la devastación. El Ave Fénix que siempre renace de sus cenizas. El silencio que nos calma como un bálsamo después de la tormenta. Por eso el poema concluye con una interpelación a los lectores para no dejarnos dominar por la queja, el lamento, la tristeza o la resignación que únicamente paralizan:

“Quien esto lea debe saber

Que fue lanzado al mar de humo

De las ciudades

Como una señal del espíritu roto

Entreguemos a los muertos

A nuestros muertos jóvenes

El pan del cielo

La espiga de las aguas

El esplendor de toda tristeza

La blancura de nuestra condena

El olvido del mundo

Y la memoria quebrantada

De todos los vivos

Ahora mejor callarse

Hermanos

Y abrir las manos y la mente

Para poder recoger del suelo maldito

Los corazones despedazados

De todos los que son

Y de todos

Los que han sido”

(«Fragmento de un intento de interpretación de Ayotzinapa». Seminario de hermenéutica. UPN, ciudad de México,9 de octubre, 2024)

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