
- Un anarquista genial
¿Se puede vivir bien sin las nuevas tecnologías de la información? Hoy, en cuanto vivimos totalmente saturados por celulares, pantallas y todas esas tecnologías sin las cuales parece imposible vivir, resulta difícil imaginar cómo sería posible vivir desconectados. En los años de 1970 en Cochabamba habían intelectuales emblemáticos como Jorge Zabala que vivían en los cafés (sin conexión, no existían los “cibercafés” o “cafés-internet”). Su única actividad era quedarse horas y más horas pensando o escribiendo aforismos y frases ingeniosas. Así lo encontrábamos, siempre nos invitaba a hacerle compañía, charlar con él y oírle sus profundas cavilaciones en voz alta. Decía cosas extrañas como que estaba escribiendo un libro pero que no encontraba el título adecuado, por lo que nos pedía nuestra opinión. Pero pasaban los años y nunca encontraba el título hasta que alguien viéndolo ya desesperado le sugirió publicar el libro como un conjunto de posibles títulos de libros que nunca escribió (a este libro sí le puso un título: El libro de los títulos).
Se podría hacer otro libro recopilando anécdotas sobre su vida. Por ejemplo cuando se robaba libros y los dueños de la librerías se hacían de la vista gorda pero a final de cada mes le enviaban la cuenta a su padre.
Jorge Zabala era uno de esos intelectuales bohemios, noctámbulos, completamente extraños al ambiente utilitarista. Cuando todos pensaban que el único motivo para vivir era ganar dinero, él nos demostraba que había cosas más interesantes de que ocuparse como la amistad, de cultivar el diálogo con uno mismo o vivir en soledad. No tenía diplomas o títulos académicos pero sabía infinitamente más que muchos eruditos; era un filósofo autodidacta, más sartreano que heideggeriano. Cuando asistía a las conferencias de los sabihondos les hacía temblar con sus preguntas. Una vez, uno de ellos le reprochó que siempre interrumpía con sus cuestionamientos con intenciones malévolas y perversas. Jorge le dijo que sólo le hizo una simple pregunta a la que amablemente le pidió una respuesta ¡y no que le pidió que hiciera un psicoanálisis!

Esta forma de debatir le dio fama de ser un interlocutor temible y terrible; cuando los conferencistas lo veían llegar se ponían nerviosos o suspendían sus discursos para evitarse la pena de que Jorge los avergonzara. Quizá él no encontraba mejor cosa que hacer que llevar una vida improductiva como si lo único valioso en una provincia era ser un anarquista y dedicarse a perder el tiempo divirtiéndose con los profesores pedantes que creían saberlo todo y no sabían nada.
Con Jorge tuve la suerte de realizar dos proyectos, el primero con el grupo Becuadro y el segundo con la edición de una revista. El grupo Becuadro lo formamos con Ronald Martínez y Gonzalo Canedo. Hacíamos pinturas abstractas. Para justificar estas aventuras estéticas citábamos el libro de Jorge Zabala que decía que “en Bolivia no había arte, solo premios”, o que los artistas que hacían cuadros costumbristas creían de buena fe que “hacer un arte revolucionario era una especie de alfarería aldeana”. Jorge nos dijo que se sentía bien comprendido con nuestras prácticas heterodoxas por lo que nos animaba a seguir rompiendo las viejas normas.


El segundo proyecto consistió en editar la revista Ethos. No fue difícil conseguir una impresora y conseguir papel de la universidad. Ahí publiqué mi primer artículo “La magia o la neurosis de la cultura. Situación del hombre boliviano” .
Jorge hacía traducciones diciendo que era necesario abrirse a los autores de afuera. Así publicamos un artículo de Sartre donde decía que cuando los soldados del imperialismo defendían El Partenón, lo que en realidad querían era que El Partenón los defendiera a ellos.
Cierto es que Jorge era un poco oscuro y hermético pero quienes lo conocíamos de cerca nos comunicábamos de inmediato. Sus ideas nos parecían completamente claras y razonables como eso de que el arte y la filosofía en Bolivia, necesitaba más que senderos que conectaban unas aldeas con otras, carreteras anchas que nos comunicaran con el mundo exterior. O sea que con este tipo de reflexiones sobre la realidad de Bolivia en esos años, él contribuyó a romper con el provincianismo.
Jorge Zabala se fue en 2014 a los 74 años. No llegó a la época de Internet. Sus frases ingeniosas y aforismos podrían ahora circular hoy como virus, pero es mejor que no sea así. Lo recuerdo mejor en el jardín de mi casa cuando en silencio (no tenía necesidad de palabras) contemplaba extasiado como caían las hojas de los árboles en una tarde de otoño. Y es que además de ser un filósofo anarquista, tenía también un alma de poeta incompatible con las nuevas tecnologías capitalistas de la información.
¿Cuáles fueron las ideas de Jorge Zabala? ¿Se pueden conseguir sus libros? Sí claro, aquí está uno: Exorcismos, publicado en el año de 1971. También publicó otros libros: Mundo compartido (1968) y Hojas del Adivino (1995). Además publicó muchos artículos en periódicos bajo seudónimos y heterónimos. Parecía que quería ocultarse siempre bajo otros nombres. ¿Y por qué quería ocultarse? No es que le gustaba jugar a las escondidas. Lo hacía para burlar a la censura impuesta por la dictadura militar. Casi todo estaba prohibido (reuniones, libros, películas, etc); en estas condiciones pocos escritores podían publicar y firmar libremente.
Me acuerdo que nos encontrábamos en algún café nocturno, compartiendo libros que leíamos clandestinamente. Luego dábamos vueltas por la ciudad platicando y discutiendo hasta el amanecer. Quizá esa forma de diálogo generaba una necesidad de creación intelectual que solamente podía darse en un contexto de prohibición y censura. Paradójicamente cuando vinieron los gobiernos democráticos esa creatividad se debilitó disminuyendo cada vez más la libertad para pensar. Y es que, en efecto, los años de 1970 marcaron una época excepcional; surgió una generación que se caracterizó por un fuerte impulso creativo. De esa generación formaron parte Renato Prada, Néstor Taboada Terán, Gíldaro Antezana, Gonzalo Canedo, Ronald Martínez, Juan José Alba y muchos otros.
2. Los libros de Jorge Zabala
¿Cómo era el país que describía Jorge Zabala en sus libros? ¿Y cómo es Bolivia hoy? ¿qué cambió en estos años? ¿cuáles eran sus referencias bibliográficas? Lo que él describía no era tanto una realidad empírica sino más bien utópica. Sus lecturas provenían de autores como Herbert Marcuse que hablaban de una situación de gran crisis de civilización. Por un lado Jorge Zabala percibía cómo surgía una fuerza exterior que ocasionaba la necesidad de romper con la tradición cultural, y por el otro lado, una fuerza interior que pugnaba por la conservación social (lo que más le sorprendía era esta última fuerza que ocasionaba el miedo al cambio, fenómeno que definió como el “misoneísmo boliviano”).
Lo que él vislumbraba era una sociedad moderna liberada de tabús de todo tipo. Consciente de que en todo el mundo irrumpían poderosos movimientos sociales como el de la liberación y emancipación de la mujer, de la descolonización del Tercer Mundo, de las luchas estudiantiles, etc, postulaba que tarde o temprano también la sociedad boliviana tendría que optar por una forma de modernidad liberada del yugo tecnológico y del culto al dinero. Esta visión utópica no era exclusiva de él, sino de una generación. De esa visión surgieron esos anhelos, sueños, esperanzas y desarrollo impetuoso de experimentar con nuevas prácticas artísticas, literarias y estéticas (“porque si el arte de una nación declina, la nación también se atrofia y decae”, Exorcismos, pág.10).

Lo que sucedió después fue la consolidación de una forma pervertida de modernidad (la que impuso el capitalismo). En vez de una sociedad liberada se estableció una sociedad de alto consumismo, con una economía globalizada y el sacrificio del pasado cultural. Esta modernidad que se impuso en la mayoría de los países es lo que conocemos como la modernidad del tipo estadounidense. Lo que se ve también en Bolivia hoy es un debilitamiento del yo, de un nosotros que apenas existe como un parpadeo.
Lo que ha triunfado es esta modernidad líquida, gaseosa, que convierte todo lo sólido en aire. Para esta modernidad lo único que importa es la levedad, el estar siempre en situación de evanescencia. Nada de lazos ni compromisos. nada de identidades fijas. Sólo hay una identidad universal que es la que determina la circulación del dinero. Lo que se busca es la homogeneización educativa y cultural. Para Jorge Zabala una modernidad alternativa está muy lejos de toda homogeneización que se disfraza de igualdad pues “donde no hay horas libres, el arte y la ciencia mueren y todo progreso de hace imposible” (pág.29).
Para que surja una modernidad alternativa se necesitaba (y seguimos necesitando) una reforma educativa no identificada con el igualitarismo. “Cuando se afirma que la educación tiene que ser igual, me animo a disentir. El primer requisito para una reforma educacional es la escuela como unidad, con su curriculum aprobado basado en sus propias necesidades. Si no logramos conseguir esto, caemos simplemente de un formalismo a otro, de un muladar de ideas inertes a otro” (pág.20).
¿Hay que retomar la búsqueda de una modernidad alternativa basada más en la diversidad que ofrecen las experiencias estéticas, literarias? ¿Puede darse una conjugación creativa (y no una tajante oposición) entre lo que viene de afuera y lo que viene de adentro? ¿Será que no todo lo que proviene de la modernidad occidental es siempre negativo?
Si se puede dar un uso positivo a la ciencia y a la tecnología ¿qué diría Jorge Zabala de la llegada de Internet? Probablemente diría que por fin hemos salido del provincianismo ya que ahora tenemos acceso a la información que circula a nivel mundial. A lo que él le tenía miedo no era al mundo exterior sino al ruralismo, a lo arcaico, a lo pastoril, al nacionalismo.
Las ideas de Jorge Zabala nos demuestran que se puede desarrollar otra forma de modernidad, con base en una inter-relación positiva entre la tradición local y universal, entre la ciencia y el mito, entre la magia y la tecnología, entre la mente y el cuerpo. No existe nada predeterminado fatalmente. Una modernidad basada en el valor de uso, del juego y del goce no utilitario puede ser una opción válida cuando se impone como único modo de vivir el consumismo y la pantallización de la existencia “porque la función del arte es renovar el habla y la sensibilidad de un pueblo, no enajenarla y hacerla vulgar” (pág.11).

Estos edificios nuevos sobre la Avenida América en la ciudad de Cochabamba simbolizan bien las ilusiones y espejismos de la modernidad estadounidense. Cochabamba se transformó rápidamente (igual que casi todas las ciudades de Bolivia) en una metrópoli posmoderna y globalizada.


Mientras deambulo por mi pobre país (“tan solo en su agonía”), me pregunto ¿cuántos filósofos como Jorge Zabala habrán hoy cavilando y elucubrando este tipo de ideas anarquistas, perdidos o retirados en cafés nocturnos, rompiéndose la cabeza hasta la madrugada, muy lejos del mundo académico, de las redes sociales y de las nuevas tecnologías de la información?
3. A manera de epílogo
Descubriendo el amor y la poesía
En 1976 apenas habías ingresado a la universidad. Tu experiencia de la vida era muy poca. Tenías 20 años. El país era un campo de concentración ¿cómo eras entonces? Flaco, todavía adolescente, como poseído por la melancolía, intoxicado por el tabaco ¿pensabas acaso que fumando como loco te ibas a salvar de la represión fascista?
Desesperado y vagando por las calles ¿escapabas de las responsabilidades de la vida adulta, del trabajo, o de tí mismo? ¿A qué le tenías tanto miedo? Entre constantes golpes de Estado, te parecía vivir un mal sueño. Desde luego que tu angustia no provenía de esa época sino de mucho antes ¿le precedía la angustia desnuda de vivir? ¿la angustia de haber nacido o salido de la nada debido a un azar irremediable?
No, no te creo nada de nada. Ni que fueras un filósofo heideggeriano. Sé que me vas a decir que aunque no habías leído a Heidegger sí conocías las obras de Sartre; que hasta te habías robado La náusea y la Crítica de la razón dialéctica para discutirle a tu amigo Jorge Zabala, que él sí era un filósofo heideggeriano de hueso colorado (y además sartreano).
Ya, ya, basta, ya no sigas, me vas a conmover con tus discusiones, divagaciones y alucinaciones metafísicas. ¡Y no te quejes! En medio de aquella larga noche del fascismo también viviste días felices cuando descubriste el amor, la poesía, el sonido de la música, los olores de la ciudad, de los árboles y de las flores, de los floripondios y de los jazmines en noches de lluvia interminables. No todo era oscuridad y angustia. También habían (y siguen habiendo) días luminosos y felices.
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