Felipe Delgado de Jaime Saenz: el barroco en La Paz, Bolivia

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Lo que importa en el análisis de esta novela de Jaime Saenz, es seguir el destino personal del personaje. Se trata de interpretarlo ubicándolo en un nudo histórico de fin de época luego de la derrota de la guerra del Chaco. Así se comprende que Saenz recupera a los bolivianos y a la ciudad de La Paz en clave ontológica: “lo que abunda en Bolivia es el boliviano, y por extraña paradoja, resulta sumamente difícil encontrarlo.. Y esto se debe a que el boliviano se oculta a sí mismo.”

Esto suena a la búsqueda del ser nacional  según una  filosofía ontológica. Saenz parece haber leído no sólo a Rulfo sino también a Sartre, Heidegger y los filósofos  “hiperiones” que hablaban así del ser mexicano y latinoamericano en los años 40 y 50 (Lepoldo Zea, Emilio Uranga, Luis Villoro y otros). Esto significa ir más allá de las huellas de filosofía nihilista como por ejemplo en la p.327 donde solo quedaba la esperanza sin esperanza: “Algún infinito deseo de llorar habíase convertido en muerte, en silencio y vacío”. La búsqueda del boliviano aparece como el mito de la búsqueda del mar: “por el sentimiento del mar y la presencia del mar, podremos comprender que la patria no tiene límites.”

Felipe dice “Por lo pronto, personalmente, me llevaré el mar: ¡me lo llevaré a la bodega! Es que para Felipe la única realidad que existe es la de la bodega: “Mi fascinación por la bodega se explica por el hecho de que la bodega soy yo.”  

La capital de Bolivia, La Paz,  es descrita como “ciudad muerta”, se simboliza metonímicamente en una parte.: “en la bodega somos los muertos quienes vivimos.” …Aún no he penetrado al interior de la bodega”. Es que el espacio es un purgatorio y a la vez templo donde hay celebraciones de la muerte equivalentes a verdaderos   rituales de purificación. Es también el lugar de interminables borracheras de condenados.  La bodega es el vacío, donde  la maldición se ha apoderado de todo. Hay una metafísica del mal pero es una metafísica positiva ya que “uno debe acoger con buen ánimo la maldición”. Tampoco es un conocimiento filosófico del mal sino una sensación: “yo siento un olor a nada”. El saco del aparapita para Felipe “era una reminiscencia del olor escondido en el cuerpo del viejo”.  La finca de Uyumamba, hacienda cerca de La Paz, de ahí se ve la ciudad, donde transcurre la ultima parte de la historia, representa el campo, la huida-refugio  ante la guerra. A la vez es un lugar de experimentaciones biológicas como achicamiento de personas.

Con esta idea filosófica de raíz metafísica (la realidad objetiva no es más que una idea de la mente), Saenz elabora una  mitología del boliviano como un conjunto de representaciones imaginarias “en este mundo todas las cosas son y no son ¿Qué ha de ser del hombre muerto,  sino una tremenda y formidable realidad surgida en la mente de aquellos que le han dado vida por el simple hecho de creer en él?”

Los bolivianos son vistos por Saenz como inventadores de fábulas. Hay una alusión al sentir popular como fuente de sabiduría: “es una lástima que  la gente no comprenda las cosas en su verdadero alcance. Pero diré también ; es una felicidad que así sea. Porque de lo contrario no habría lugar para inventar las grandes fabulas y leyendas, ni tampoco para exaltar y comprender éstas, sacando de ellas las enseñanzas que servirán de guía a  las generaciones por venir.”

Felipe Delgado vive en una bodega de vinos en la Paz. Vive con Ramona, mujer de otro (José Luis Prudencio). Un día decide viajar a Antofagasta a conocer el mar. Regresa a la bodega donde toma conciencia de que es un pordiosero. Es interesante interpretar el viaje de Felipe Delgado al mar porque es la única salida de éste de la bodega. Felipe quiere traer agua del mar a la bodega para restituir simbólicamente aquello que falta, aquello que da sentido a la vida de la nación. Felipe vislumbra rasgos de la identidad nacional sólo cuando  se bebe el agua del mar.

Un día aparece Sanabria, un amigo de su padre que se ofrece para salvarlo  de la pobreza. En principio Felipe no quiere ayuda de nadie pero finalmente acepta. Es  al inicio de la guerra del Chaco cuando  decide irse a vivir a la finca de Uyupampa, propiedad de Sanabria . En esta época muere el bodeguero y empieza el fin de la bodega como signo del apocalipsis venidero. La vida en la finca transcurre en medio de borracheras y carnavales. Muere  Estefanic y lo entierran bajo un sauce. Felipe escribe sus memorias y parece perder la razón . Finalmente desaparece de la finca (y reaparece en un sueño de alguien). Igualmente Stefanic reaparece como fantasma.

La novela termina cuando Oblitas siente que Felipe “está aquí”.

La estructura formal de la novela

La novela de Saenz está construida como un conjunto de  realidades temporales  simétricas: “frente a la coincidencia  -una coincidencia dos veces extraña- la estupefacción de Felipe llegaba a su límite. Estaba convencido de que no podrían deberse a una mera casualidad estas cosas. Era muy grande el desasosiego que le causaban el encadenamiento y la simetría de los hechos ocurridos”.

Junto con estas realidades temporales, hay otras realidades espaciales donde se habla de signos y símbolos, o fantasmas que viven como en el mundo de Rulfo (la muerte como la verdadera vida). Hay signos como entrada de los personajes  en las tinieblas “ya él (Felipe) ha comenzado a internarse en las tinieblas. Él lo sabe y en la misma media, acrece su fe.”  Otros símbolos aluden a “La hora de las desgracias. Bolivia como maldición”. Signos apocalípticos como atropellos de niños. Época de maleficios brujos y ángeles (¡mundo barroco!) El diablo en este mundo. “Los muertos viven “ no es suficiente vivir, hay que conocer; y para conocer habrá que morir”. Visiones de locura, miedo, amor, muerte. Historias barrocas  de la calavera, el espejo, la luna….

Tal vez por la presencia imborrable de Virgilio Delgado, padre de Felipe, éste siente una gran culpa por haber dilapidado la fortuna del padre. Desde el principio hasta el final de la novela , Felipe está obsesionado por sí mismo. Primero descubre su propia imagen en la figura de un viejo que le persigue “tengo la íntima convicción de que es un ser sobrenatural”. Es como si me hubiera adelantado a morir mi propia muerte para luego salir de la tumba y mirarme a mí mismo en las calles.”

Felipe era supersticioso, el hecho de nombrar a sus amigos era conjurarlos. Esto explica su odio a Prudencio a quien  evocarlo significaba traerle desgracias, o sus amigos como el bodeguero Don Corsini y  Estefanic  (Nicolas Estefanic, un anciano rubio, barbón que masca coca con los aparapitas. Al final de la novela acompaña a Felipe a la finca donde muere y resucita).

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