El posmodernismo y sus contradicciones: un análisis crítico

Si bien es cierto que en los últimos años el tema de la posmodernidad se ha vuelto un tema muy polémico, sin embargo esta discusión sólo ha ocasionado mayor confusión conceptual. La confusión residiría principalmente en la reducción del debate a una cuestión de estilo artístico. Aquí no nos referiremos a ese posmodernismo artístico, sino más bien al posmodernismo filosófico como un conjunto de conceptos o proposiciones, actitudes y valores que caracterizan la sensibilidad colectiva en los últimos años.

el posmodernismo

Reconociendo que estamos ante un problema muy complejo y ambiguo, podemos diferenciar tentativamente  dos concepciones opuestas de este posmodernismo filosófico:

            a) Por un lado tenemos la concepción que podríamos caracterizar como «conservadora» y que fue abierta por J.F. Lyotard cuando planteó  una crítica de la razón y del sujeto. Según este planteamiento, la posmodernidad significa fin de los «grandes relatos» de la emancipación o de la totalidad; imposibilidad de fundamentación epistemológica y rechazo a la fe en el progreso. En esta línea que caracteriza a la mayoría de los filósofos posmodernos, se ataca la posibilidad de verdad científica y el terror impuesto como teoría. El posmodernismo se torna así la «ideología de la poshistoria». Esto significa que estaríamos  ante un proceso de pérdida de sentido que ha llevado a la destrucción de todas las historias, referencias y finalidades. El nuevo periodo histórico (visto desde esta perspectiva), sería una realidad ya cumplida, y la muerte de la modernidad habría hecho su aparición.  La característica principal de este enfoque es que, quienes lo defienden, se declaran abiertamente en contra de la Ilustración.

De ahí que sean  autores  que  desde posiciones escépticas y nihilistas finalmente optan por conservar el capitalismo. Dentro de esta corriente neoconservadora se puede incluir a autores como Daniel Bell,  Richard Rorty,  y últimamente a ex marxistas como  Agnes Heller y Ferenc Fehér. En general, estos autores plantean una visión desencantada de la modernidad. Se trata de conceptos que se reducen a posiciones apocalípticas, pesimistas (quejas y añoranzas sobre aquello que habríamos perdido con la modernidad) o puramente conformistas (elogios al capitalismo y a la democracia liberal).  En el caso de  ex marxistas como Agnes Heller y Feren Fehér, el conservadurismo  se expresa cuando al explicar el colapso del «socialismo real» derivan en una actitud de elogio al mercado libre y una condena radical a los «mecanismos burocráticos estatales».  Este tipo de pensamiento que hace la apología de la empresa privada y condena la ineficiencia estatal, hemos venido escuchado reiteradamente por parte de numerosos intelectuales de México y de América Latina (como  Mario Vargas Llosa). A ellos también los incluimos como una corriente conservadora del posmodernismo.

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b) Por otro lado, y en la medida en que no podemos echar en saco roto todo el conjunto de críticas filosóficas a la modernidad, hay una interpretación que podríamos caracterizar como «posmodernismo progresista», por estar ligada a los esfuerzos de un programa micropolítico de nueva izquierda des-centrada. Esto significa que en alguna parte se renuncia a las formas prácticas y teóricas de los movimientos marxistas tradicionales, ortodoxos o dogmáticos. Se puede decir que esta interpretación postula  una especie de pluralismo democrático, una nueva forma pos-racionalista de totalización y un movimiento de superación de la razón y del sujeto. Desde esta perspectiva, el posmodernismo sería una «radicalización de la modernidad». Se trata de construir una sociedad heterogénea a partir de una crítica de la razón instrumental. Así se puede distinguir entre una tecnología orientada hacia las necesidades humanas, y otra tecnología aplicada a la rentabilización del capital, al control burocrático y a la manipulación política.  Ya no se trata simplemente de una oposición maniqueísta entre «Ilustrados» y «no Ilustrados», sino que se ve la necesidad de una tercera vía. Para desarrollar esta tercera vía, se abre la posibilidad  de replantear el pensamiento de algunos filósofos como Jacques Derrida o Gilles Deleuze en un sentido no conservador. Esto significa que puede abrirse  un diálogo fructífero entre marxismo y posmodernismo.

La necesidad de este diálogo resulta necesario ya que el colapso del «socialismo real» abre la posibilidad de abandonar esquemas ortodoxos de explicación social. Este abandono implica liberarnos de concepciones teleológicas, progresistas, productivistas y eurocentristas de la modernidad. Así la posmodernidad puede ser replanteada como un periodo histórico donde se radicaliza la modernidad.

Pero más que hablar de la posmodernidad como una nueva fase histórica se defiende la idea de una «alta modernidad», es decir de  una época donde las tendencias al desarrollo del yo, de autonomía personal, la democratización política y cultural, etc, no se debilitan sino que se profundizan y se universalizan.

No estamos sólo ante un bloque monolítico de filosofía antimodernista (el posmodernismo), ya que la desconfianza actual ante la razón resulta justificada en tanto reacción generalizada frente al desmesurado objetivismo y positivismo de los últimos años. De ahí que el rechazo al universalismo abstracto se mezclara con una crítica a planteamientos totalizantes equivalentes a posiciones totalitarias. No se podría asegurar por ello, que los filósofos posmodernos asumen una actitud monolítica frente a las «teorías de la totalidad» (como la teoría marxista) sino más bien frente a «ideologías totalizantes» que pretendían explicaciones exhaustivas de la realidad.

 Este argumento que hace la necesaria diferencia entre «teorías de la totalidad» e «ideologías totalizantes», constituye a nuestro criterio, un buen punto de partida para situar correctamente la crítica a la teoría marxista. Desde una perspectiva epistemológica se puede admitir que no existen totalidades empíricas ni siquiera en el ámbito de las ciencias naturales. Frente al positivismo exacerbado (que incluso pasó al marxismo en forma de cientificismo), se puede rescatar el componente hermenéutico, interpretativo, conjetural que tiene todo trabajo teórico. Esto es precisamente lo que nos permitiría la posibilidad de encontrar una dialéctica o síntesis entre universalismo y relativismo, entre modernismo y posmodernismo. Más que de alinearse en una de estas posiciones, lo que resulta necesario actualmente en América Latina es un equilibrio entre ambas. Pero en América Latina, a excepción de algunas reflexiones de mucho valor, como las de Bolívar Echeverría, Adolfo Sánchez Vázquez y Luis Villoro  lamentablemente escasean aportaciones teóricas sobre este tema

Es curioso que en los últimos años van surgiendo poco a poco reflexiones  entre universitarios e intelectuales en torno a  la posibilidad de un  posmodernismo de izquierda. Aunque esto es ya un paso saludable, hay que hacer notar que todavía no se ven críticas a su aspecto conservador. Lo que tenemos es más bien una defensa en bloque, como si todo en él  fuera positivo. Esto se debe entre otras cosas a que en la mayoría de las universidades y ambientes académicos de América Latina predomina el culto a las modas filosóficas. Tanto es así que al posmodernismo, en general, se lo admira y se venera pero no se le critica. 

Uno de los problemas más importantes que es necesario esclarecer, es  si se puede considerar concluido el proyecto de la modernidad en América Latina. La respuesta no puede ser afirmativa ya que esta manera de considerar la modernidad tiene la desventaja de que nos coloca en un falso dilema (implica de que si damos  la modernidad por concluida, se tratará de abandonarla como si fuéramos un país europeo).

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