Durante muchos años se ha concebido a la hermenéutica como un proceso natural de interpretación. Interpretamos porque la realidad misma nos obliga a interpretar siempre. Interpretamos, luego existimos. El ser humano, es por definición un sujeto interpretante. No se puede dejar de reconocer que en la actualidad cobra más vigencia esta tesis ya que el mundo en que vivimos, cada vez más complejo, parece producto de la interpretación. Pero también no podemos dejar de reconocer que hay otros autores que opinan que la tarea actual no es ya “interpretar la interpretación” pues esta tarea supone una postura implícita trascendental, externalista, lo cual nos colocaría fuera de la interpretación.
Dicho de otra manera, lo que se nos plantea es un desdoblamiento de la interpretación. Esto significa que estamos hoy ante dos tareas para repensar el desarrollo de la hermenéutica:
a) Por una parte, aceptar que la interpretación desde afuera supone aceptar suposiciones externas, lo cual nos llevaría a reconocer tipos de interpretación que aspiran a una validez universal, por ejemplo, la filosofia analítica o las ideologías como el posmodernismo. El defecto principal de la filosofía analítica consistiría en su esencialismo semántico, es decir, en su esfuerzo por descubrir un significado social transparente. Como se sabe este esfuerzo se explica por su obsesión positivista en “purificar” el lenguaje ordinario. A su vez el posmodernismo (heredero natural del estructuralismo), también caería paradójicamente en dicho esencialismo, ya que al no querer contaminarse por la historia y la realidad social concibe el lenguaje en función de un significado autónomo. Tiene razón Edward Said cuando señala que la interpretación posmodernista deriva en el idealismo lingüístico cuando margina lo mundano y la vida cotidiana en el texto:
«Lo que necesariamente debe llamarnos la atención de la teoría en su conjunto es que representa una tesis considerablemente elaborada para abordar un texto como forma expresiva, según la cual se considera que la mundaneidad, la circunstancialidad, la consideración del texto como acontecimiento que cuenta con particularidad sensual al tiempo que con contingencia histórica, están incorporadas al texto, forman parte inseparable de su capacidad para transportar y producir significado. Esto quiere decir que un texto cuenta con una situación específica que presenta restricciones al intérprete y a su interpretación no porque la situación está oculta en el seno del texto como si fuera un misterio, sino más bien porque la situación existe en el mismo plano de particularidad superficial que el objeto textual mismo». (Edward Said, El mundo, el texto y el crítico, Debate, Barcelona, 2004,p. 59,)
El hecho de que existan suposiciones externas al texto no significa una limitación o algún tipo de error cognitivo. En ciertas condiciones puede ser un signo de salud para evitar caer en posiciones inmanentistas o formalistas, es decir, interpretar el texto desde adentro, como si tuviera una esencia propia sin ninguna relación con el mundo histórico y social. El resultado de esta separación posmodernista del texto de la historia ha sido la irrelevancia regulada de la crítica, salvo como un adorno con el que negocian las fuerzas de la sociedad posindustrial, la hegemonía del militarismo, la nueva guerra fría, y la consiguiente despolitización de la sociedad y el conformismo generalizado.

b) Por otra parte, tendríamos que aceptar que la interpretación concebida desde adentro supone reconocer que la hermenéutica sólo es una forma de interpretación ya que no existe “la interpretación”. La hermenéutica es sólo un género que se aplica a textos abiertos al entendimiento. El problema es que cuando nos encontramos con textos que no son textos escritos (de naturaleza inconmensurable), las formas de interpretación varían.
Más adelante retomaremos este punto ya que resulta vital para la fundamentación de un proyecto de hermenéutica latinoamericana. Antes conviene pensar si en vez de preguntarnos ¿qué es la hermenéutica? deberíamos preguntarnos ahora ¿por qué existe la interpretación? De alguna manera la respuesta de Paul Ricoeur sobre el conflicto de las interpretaciones sigue siendo la más convincente. Existen interpretaciones ya que hay diversas maneras de interpretar un mismo texto, y esta diversidad surge a raíz de la existencia de perspectivas y enfoques opuestos. El problema es la existencia inevitable de un magma de discursos interpretativos ¿cómo evitar el monopolio y la ambigüedad de la interpretación? No parece haber límites para la interpretación.
Conforme las interpretaciones se enfrentan entre sí, sólo pueden tener un carácter heurístico según el resultado que obtengan. Con todo, el problema es cómo establecer un límite. Es importante mencionar que frente a la hermenéutica posmodernista que no admite ningún criterio para poner límites a la interpretación, Umberto Eco ha señalado que más que un parámetro para validar la interpretación, el texto es un objeto que la interpretación construye en el esfuerzo de validarse a sí misma sobre la base de lo que construye como resultado. (Umberto Eco, Interpretación y sobreinterpretación, Cambridge, University Press
Con base en el método del círculo hermenéutico cabe postular entonces (como lo hace Eco) criterios para validar la interpretación. El problema es evitar el deslizamiento continuo del sentido que lleva al todo vale ya que todo da lo mismo, con el consiguiente resultado de la imposibilidad del diálogo. Frente al canibalismo de las interpretaciones (que nos inducen al univocismo universalista o al equivocismo particularista) ¿por qué no desarrollar una hermenéutica latinoamericana que postule una frontera o un puente que permita establecer el diálogo? ¿Se puede postular un término medio o una salida al universalismo y al particularismo, a la identidad y la diferencia?
En culturas como América Latina la difererncia o lo “Otro de la razón” implica un cuestionamiento del racionalismo por sus ilimitadas pretensiones propositivas. Esto significa que hay una relación muy estrecha entre la hermenéutica y el multiculturalismo. Hoy la multiculturalidad constituye el centro de un debate ineludible en el marco de la discusión sobre racionalidades diferentes correspondientes a culturas diversas. Este debate no se da entonces exclusivamente en torno de la fe cristiana y de lo religioso ni meramente en el marco de la tradición occidental de la razón. Esto no quiere decir que neguemos la tradición filosófica occidental (como postulan las tesis poscolonialistas). Lo que queremos decir es que no hay motivo para rechazar la razón occidental, lo cual nos llevaría a un relativismo insostenible. De lo que se trata entonces es de retomar esa razón y compararla con otras racionalidades como las que corresponden a las culturas de América Latina.