“La experiencia estética o la práctica artística no son algo superfluo,
adorno en nuestra existencia, sino un elemento vital en toda
sociedad, una necesidad humana que reguiere ser, satisfecha. «
Adolfo Sánchez Vázquez
Según Adolfo Sánchez Vázquez, la educación estética en México requiere una reformulación urgente. Para él, la educación estética tiene que desarrollar no sólo la conciencia artística sino también la conciencia estética (hasta hoy el sistema de la educación básica, media y superior sólo se ha concentrado en la conciencia artística). La educación estética requiere por ello de la readecuación de las instituciones educativas correspondientes. No significa solamente difundir «las bellas artes», sino fundamentalmente conducir al enriquecimiento de la sensibilidad estética de los alumnos, a una ampliación del horizonte artístico en que se mueven (no sólo dentro del aula o los talleres sino también fuera, es decir, en la vida cotidiana).
¿Cuáles son las limitaciones o reducciones en que ha caído la educación artística en México? Según Sánchez Vázquez, por una parte, la reducción tradicional de lo estético a «lo bello» y de éste a lo bello clásico, así como la reducción de lo estético a lo artístico.
Es sabido que la educación estética en México atraviesa en la actualidad una crisis muy grave. Su gravedad es tal que no admite ya soluciones fáciles, prefabricadas o superficiales. Para enfrentar esta crisis, es necesario considerar planteamientos creativos e innovadores, es decir, considerar la necesidad de una reflexión sana y desprovista de toda complacencia frente a las posibilidades de transformación social por la vía de la educación estética. La reflexión fundamental de Sánchez Vázquez en torno a los problemas de la educación estética en México, está estructurada según dos argumentos críticos: la reducción de lo estético a lo bello clásico y a las «bellas artes» o a lo artístico. Para él, se tiene que redefinir la educación artística como educación estética y extenderla a la vida cotidiana porque el objeto de la educación estética no se limita a lo artístico, es decir, a lo que está encerrado o muerto dentro de un museo, un conservatorio o un teatro, sino que abarca un universo muy amplio ya que:
Todos vivimos -académicos o no-en ciertos momentos de nuestras vidas, en una situación estética, por ingenua, simple o espontánea que sea nuestra actitud como sujetos en ella. Ante la flor que se obsequia, el vestido que se elige, el rostro que cautiva o la canción que nos place, vivimos esa relación peculiar con el objeto que llamo situación estética.’



Todos nos encontramos en nuestra vida cotidiana rodeados de productos estéticos, no solamente provenientes del mundo del arte sino también de la industria, la técnica, la artesanía o de los medios de comunicación. Ante la presencia de estos objetos nunca dejamos de expresar una apreciación estética aunque no lo parezca (porque supuestamente cumplen otra función extraestética, es decir, simplemente utilitaria).
Dicho de otra manera, ¿no seria justamente aquí, en este universo amplio, donde habría que reflexionar en torno a la necesidad de una educación estética? Esto significa poder concebir que la relación estética no se reduce a lo que está dentro de las galerías o museos, sino que lo abarca todo, desde la calle, las plazas públicas, el mercado, las escuelas, los talleres, las fábricas, las oficinas o cualquier lugar de trabajo. En todos estos lugares, los objetos que cumplen una función utilitaria a veces pueden cumplir al mismo tiempo una función estética: “Lo estético puede darse para nosotros en cualquier tiempo, en cualquier lugar y cualquiera que sea la función extraestética que el objeto pueda cumplir, junto con su función estética”.’
Claro que para que se dé esta relación estética con los objetos de la vida cotidiana hacen falta condiciones sociales apropiadas. Dentro de la sociedad capitalista no existen estas condiciones ya que sólo interesa el lucro. El aspecto o presentación de los objetos sólo se justifica por su capacidad de que se vendan más, lo que al subordinar el valor estético al valor de cambio limita la integración de lo estético en la vida cotidiana. No habrá relación estética mientras no se descarte el valor económico y por tanto, la estructura social que lo produce, y se conjuguen en los objetos su valor de uso y su valor estético.
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