
Un análisis hermenéutico de la novela Los detectives salvajes.
Desde la experiencia docente en la escuela secundaria, al trabajar textos literarios con los alumnos, pudimos observar el alcance que podían tener estos más allá de los límites de la materia de Lengua (como herramienta de lecto-escritura o para acercarse a otras culturas); la literatura en sí tiene el potencial de ser una asignatura propia de formación, pues a través de esta pueden trabajarse casi todos los conflictos de la condición humana desde una perspectiva más humanista. (Grisel Valadéz, «Hermenéutica literaria como encuentro y reconocimiento entre profesor-alumno». en el libro Pedagogía hermenéutica)
Por ello, nace la inquietud de hacer de la literatura una materia de formación para el cuidado de sí, ya que la lectura de esta resulta imprescindible en la educación de los individuos desde el plano ontológico: ¿qué significa cuidar de sí? Esta idea, en primera instancia, se asocia con el autocuidado o la autoayuda que se inscriben en el concepto de superación personal y que el sistema capitalista ha utilizado para disfrazar su aparente preocupación por el ser, dando lugar al individualismo y la competencia desigual. En cambio, para nosotros el cuidado de sí significa “decir la verdad sobre uno mismo”, “cultivo de sí”. Foucault le denomina parrhesía o hablar franco, que cada quien pueda expresar su opinión, sus pensamientos o sus creencias y, al hacerlo, se arriesga a incomodar a los otros, por tanto, se requiere de cierto “coraje” para decir la verdad (Foucault, 2017).
Este decir veraz trata de cuestionar lo que nos es dado, puesto que la parrhesía pasó de ser una práctica, un derecho y una obligación a un ethos, o sea, una forma de hacer, de ser, para constituirnos en un sujeto ético: el que sabe distinguir y practicar el decir veraz ante el decir falso. De esta manera, podemos decir que el cuidado de sí consiste en un atreverse a pensar por sí mismos y bajo nuestras propias reglas; cuanto más libre es uno, más libre es la relación con los otros; lo cual, de alguna manera, neutraliza y diluye el abuso de poder.
La literatura, como vía autónoma de educación, puede desplegar ese cuidado de sí, puesto que nos pone delante de nuestra propia realidad: la de nuestro yo para confrontarnos con nuestros actos que inevitablemente están conectados con los otros. Además, en la actualidad ante la exposición cada vez más temprana y extensiva a los medios electrónicos, nuestras vidas se están inundando de realidades virtuales, espejismos que confunden o invisibilizan el mundo real para volverlo engañoso o “líquido” como lo llamó Bauman (2004), por lo que cada vez es más imperante saber discernir entre los verdaderos de los falsos discursos; ser críticos para poder sacar a la luz nuestro verdadero ser, para reconocer y hacer evidentes las diferencias propias de nuestro contexto histórico latinoamericano, barroco multicultural, y romper con la homogeneización impuesta por el sistema global.
La literatura puede darnos una identidad como diversidad y, por tanto, devolvernos el sentido de humanidad para rescatarnos de la incomunicación porque contiene la experiencia, la imaginación, los sueños, el misterio, que son parte esencial de la condición humana. Los textos literarios encierran experiencias que nos permiten vivir más allá de nuestros propios límites y fronteras, de conocer y relacionarnos con los otros, esto es, adentrarnos a lo más profundo de la condición humana; ubicarnos en el contexto y los saberes de las comunidades que tienen que ver con las funciones vitales, es decir, con lo mítico, lo simbólico de cada cultura en singular. Según Bolívar Echeverría:
en términos de singularidad, el modo en caso propio en que en una comunidad determinada (…) realiza o lleva a cabo el conjunto de las funciones vitales; reafirmación de la “identidad” o “ser sí mismo”, de la “mismidad” o “ipseidad” del sujeto concreto que lo es también de la figura propia del mundo de la vida, construido en torno a esa realización. (Echeverría, 2013, p. 133)
La literatura, al ser considerada como invención artística o ficción que expresa una experiencia humana, ha quedado supeditada, erróneamente, a lo que no es real y, por tanto, incapaz de proporcionar un conocimiento “verdadero”; no obstante, esta guarda un tipo de conocimiento que la ciencia no logra dar explicación, cuestiones que tienen que ver con conflictos sociales donde está inmerso lo humano: problemas relacionados con el sentir, con los afectos, con los sentimientos, que responden a la razón del cuerpo.
El lenguaje simbólico ha quedado ceñido al espacio artístico que, quizá, es el único lugar donde se le permite ser; sin embargo, quien no tenga acceso a una educación artística o estética, difícilmente podrá desarrollar sus afectos, emociones y sentimientos, puesto que la educación formal ha sido mayoritariamente de tipo cientificista. Incluso, la literatura (que desde siempre ha formado parte de los currículos) se lee y se estudia a la manera estructuralista (o es vista como apoyo para otras áreas del conocimiento) y, en escasas ocasiones, desde su aspecto simbólico o mítico.
Entonces, habría qué apostar por otras prácticas pedagógicas, más apegadas a nuestra cultura, donde se recupere el símbolo y el mito. Para ello, la lectura de textos literarios la podemos hacer con base en la hermenéutica de Paul Ricoeur, quien nos dice que por medio de esta podemos revelar el discurso propuesto en la obra: “explicitar el tipo de ser-en-el-mundo desplegado ante el texto” (Ricoeur, 2002, p. 107). Así, en el acto de lectura, los individuos desarrollan estrategias de pensamiento que pueden poner en práctica, pues al estar expuestos ante el texto e interpretarlo se abren un sinnúmero de experiencias que los enfrenta a realidades cercanas o totalmente desconocidas, o sea, tienen la posibilidad de ensanchar el mundo para comprender circunstancias y contextos de los otros, y seguramente a pensar en modificar las praxis y constituirse en un sujeto ético; porque los relatos, aunque pertenezcan al rubro de la ficción, tiene como referencia el mundo de la vida que se convierte en escritura, pero al ser leídos (interpretados) regresan a su punto de inicio, es una dialéctica entre retrospección y prospección a partir de la narración. Esto, implica el cuidado de sí, pues parte de una postura ética de mirar al otro, de salir de mi yo ensimismado a través de la distancia que supone el relato (como mediador de la experiencia).
Asimismo, podemos basarnos en el enfoque hermenéutico del mitoanálisis de Gilbert Durand, puesto que es parte de una lectura total o profunda y nos sirve para develar los misterios que guarda la conducta humana plasmadas en la obra, ya que se trabaja desde la parte simbólica para comprender lo subterráneo o lo oscuro del mundo.
En este trabajo examinaremos la novela de Bolaño desde la perspectiva barroca