Roberto Bolaño es uno de los escritores neobarrocos que en los últimos años ha desarrollado una portentosa obra literaria. Por su filosofía nihilista implícita se asemeja a Juan Carlos Onetti, aunque en un nuevo contexto histórico.

Bolaño combina géneros literarios como la novela filosófica con la novela detectivesca, o la novela épica con el reportaje periodístico. Maneja a través de estos géneros el tema del mestizaje lingüístico y cultural. En sus obras aparecen chilenos, argentinos, españoles, mexicanos y de muchas otras nacionalidades.
No sólo presenta un mestizaje de lenguajes sino también de visiones del mundo. Esto significa que tematiza algunas situaciones interculturales de la sociedad latinoamericana contemporánea. Sus personajes parecen siempre apátridas: insatisfechos en su propio país o en el extranjero ¿cómo se adaptan los emigrantes?, ¿cómo sobrevive un chileno en México o en España?, ¿o un mexicano o un argentino en Rusia?, ¿cómo sobreviven las trabajadoras mexicanas en las maquiladoras de la frontera con Estados Unidos?
El primer mérito de este autor es que no intenta escribir una literatura de tesis. Con un talento innegable para el trabajo artístico sabe expresar los ilimitados callejones sin salida de la convivencia en la modernidad.
Al narrar estas situaciones, Bolaño muestra las grandes dificultades por adaptarse a la sociedad y sus códigos. En la medida en que su literatura intenta captar esos códigos, también se orienta por una configuración multicultural de la realidad. No es casual que sus dos principales novelas Los detectives salvajes y 2666 sean búsquedas de personajes simbólicos; en el primer caso búsqueda de Cesárea Tinajero, alguien que jamás se vendió al sistema, renunció a la literatura prefiriendo irse a vivir a un pueblo perdido de Sonora, en México, como una mujer común y corriente, y en el segundo, la búsqueda de Archimboldi, alguien que renunciando al premio Nobel prefiere marcharse de Europa para acabar sus días también en México.
Estos personajes, que parecen fundadores de sentido o signos esperanzadores de otra forma de vida más auténtica, contrastan con otros que son mayoría (como los del siglo XVII), desencantados o trepadores sociales que sólo piensan en cómo acomodarse a la vida normal: “su ejercicio más usual de la escritura es una forma de escalar posiciones en la pirámide social, una forma de asentarse cuidándose mucho de no transgredir nada”.
Aunque las determinaciones sociales y económicas son muy fuertes, Bolaño se orienta por la recuperación de la memoria y de la identidad. En la novela Amuleto, por ejemplo, una uruguaya durante 15 días repasa como un mal sueño su vida en México y todo su pasado latinoamericano, lo interpreta y busca una salida.
En todas las novelas de este autor el empleo de capítulos cortos recuerda los ritmos narrativos barrocos (ritmos del ingenio). Hay abundantes parloteos obsesivos y repetitivos, que no son más que viejos recursos de la comedia barroca. Joyce la usó con espíritu rabelesiano,
Bolaño la usa con el espíritu de Borges y de Macedonio Fernández. Así, la obra del chileno puede situarse dentro de una nueva narrativa neobarroca burlesca. La locuacidad de los personajes hablando en primera persona trata de reconciliarse con los lectores. Son narradores jocosos, absortos en sí mismos, reclaman de los lectores expectativas de diferentes tipos. Como el narrador de El lazarillo de Tormes, Bolaño interpela al lector obligándolo a ser otro personaje de sus aventuras ¿por qué el lector no habría de hacerlo si el propio autor lo hace con la mayor desfachatez? Roberto Bolaño aparece numerosas veces bajo el nombre de Arturo Belano. Su vida real y sus desventuras como pobre poeta zarandeado por el neoliberalismo le sirven como un rico material para imaginar situaciones surrealistas.
La falta de argumento puede ser intrínseca al género, la novela como monólogo autobiográfico, el aislamiento de la voz narrativa; en este sentido el antihéroe de Bolaño (Arturo Belano) es siempre revolucionario por las circunstancias. Sus historias son microviajes literarios. Un día está en Barcelona, otro en Jerusalén, en Amberes, en Santiago de Chile, en Londres, en París, en Berlín o en Nueva York. Da la impresión de que el autor ha vivido largas temporadas en esas ciudades. Pero más que hacer literatura documental, quizá únicamente le interesa contextualizar bien sus historias con la mayor precisión posible. Lo que parece preocuparle más es la psicología de sus personajes.
Sospecho entonces que la clave de la lectura de la obra de Bolaño es que los numerosísimos viajes del narrador no son reales sino que obedecen a la necesidad de huir a través de la imaginación, y es a través de esta escritura que transforma y configura sus aspiraciones. Los viajes son una forma de evasión y la única aventura verdadera es la aventura de la imaginación. Sin embargo, esos viajes siempre tienen un referente histórico. No son por tanto puras fantasías sin contacto con la realidad social. Sus historias se desarrollan en contextos sociales muy precisos: París de 1940; Chile después de la derrota de Allende, México bajo el gobierno del PAN, ciudad Juárez en la época contemporánea, etcétera.
Los viajes imaginarios por estos lugares son estrategias narrativas para hablar sobre problemas importantes de los latinoamericanos en la posmodernidad.

Estrella distante (1996)
En principio, la historia era un relato entre otros de su libro La literatura nazi en Américay que después adquirió la forma de una novela independiente. Trata de la memoria, de la fascinación por lo siniestro y de la atracción inevitable por la práctica del mal. El 1992 el nombre del impostor Ruiz Tagle (Carlos Wieder) sale a relucir en una investigación judicial sobre torturas y desapariciones, ligado por primera vez a temas extraliterarios. En 1993, se le asocia con grupos de extrema derecha que mataron a estudiantes en Concepción y en Santiago.
Esta historia parece una parte de la historia universal de la infamia. Una persona común, normal, y hasta con sensibilidad artística es el autor de la muerte de las hermanas Garmendia y de muchos otros. Lo curioso es que parecía tener una personalidad sin ninguna relación con la política. Bolaño dice que lo conoció en 1971 durante el gobierno de Allende, en los talleres literarios.
Posteriormente, durante el gobierno de Pinochet, se transformó en un aviador que escribía versículos de la Biblia en el aire haciendo compatible el “arte de vanguardia con el fascismo”.
Así escribe los siguientes versos con el humo del avión en el cielo de Santiago:
La muerte es Chile
La muerte es responsabilidad
La muerte es amistad
Es amor
La muerte es crecimiento
La muerte es comunión
La muerte es limpieza
Es mi corazón, es resurrección.