
Aunque ya ha se han hecho muchísimas interpretaciones sobre Cien años de soledad, sin embargo no se agota debido a la enorme riqueza que contiene. Recientes trabajos vuelven a analizar esta novela desde nuevos enfoques incluso en el cine. Coincidimos con estos enfoques toda vez que la obra de García Márquez se reinterpreta principalmente como el conflicto entre tradición y modernidad. Ya desde el inicio se nos presenta a José Arcadio Buendía, como un personaje representativo de la vida de una provincia dispuesto a incorporar los avances técnicos y científicos provenientes del mundo exterior. Estos avances serán conocidos por el pueblo a través de Melquíades, un gitano que presenta las novedades de la modernidad como objetos mágicos que cautivan la imaginación de José Arcadio. Así, creyendo que se trata de alquimia, tratará de convertir oro, volar como un pájaro, encontrar la piedra filosofal, desarrollar armas de guerra poderosas a partir de la lupa, etcétera.
A lo largo de la novela se plantean situaciones donde la modernidad siempre ocasiona frustración o desencanto. Es como si el pueblo estuviera condenado a vivir en su inercia. Nada parece sacarlo de su situación arcaica. Aún con la llegada del telégrafo, la vida sigue igual. La guerra entre conservadores y liberales tampoco ocasiona algún cambio. Es sólo ruido del mundo exterior. Mientras afuera hay sangre y dolor, dentro del pueblo no pasa nada:
“En la noche, después del toque de queda derribaban puertas a culatazos. Era todavía la búsqueda y el exterminio de los malhechores, asesinos, incendiarios y revoltosos pero los militares lo negaban a los propios parientes de las víctimas. Seguro que fue un sueño. Insistían los oficiales. En Macondo no ha pasado nada ni está pasando ni pasará nunca.”
Los mitos
A lo largo de la novela aparecen fragmentos que serán desarrollados por el autor en otros relatos o novelas. Por ejemplo, el Judío Errante, Eréndira y su abuela desalmada, el coronel esperando quien le escriba, Isabel viendo llover a Macondo, Mercedes la bella que se eleva por el aire; los pájaros que se estrellan en las ventanas, las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia. Estos relatos en realidad son mitos que corresponden a la tradición oral. Quizá se puede interpretar Cien años de soledad como una serie de fábulas que se cruzan con la historia escrita. Es aquí donde se puede advertir la fuerza de lo imaginario sobre la realidad. El tiempo cronológico es sustituido por el tiempo mítico y los personajes reales por personajes arquetípicos: “Arcadio era un niño solitario y asustado durante la peste del insomnio, en medio de la fiebre utilitaria de Úrsula, de los delirios de José Arcadio Buendía. Del hermetismo de Aureliano, de la rivalidad entre Amaranta y Rebeca.”
Para Úrsula el tiempo es un eterno retorno. Los hijos repiten fatalmente los rasgos, las aventuras y desgracias de los padres. Por eso no importa tanto reconstruir el árbol genealógico de la familia (tarea inútil para el lector). Si el tiempo y las historias se repiten, no importa tampoco el desarrollo cronológico de la novela. Sólo cabe interpretar que significan ciertos símbolos como las mariposas amarillas (el deseo sexual), la lluvia eterna (el diluvio) la niña que vuela (el ángel o la virgen que asciende al cielo), los gallos de pelea, las armas de fuego, los pájaros, las hormigas carnívoras, etc.
Estructura de la familia Buendía
José Arcadio Buendía y Úrsula tienen 3 hijos: Arcadio, Aureliano y Amaranta. A estos se agrega Rebeca, una hija adoptiva quien proviene misteriosamente de fuera del pueblo. Aureliano se casa con Remedios, una de las seis hijas del Corregidor. Amaranta se disputa con Rebeca el amor del italiano Crespi (finalmente éste se suicida ante la negativa de Amaranta). Rebeca se casa con Arcadio. De esta estructura familiar básica se desprende otra estructura: Hay una descendencia por endogamia y otra por exogamia.
La estructura endogámica empieza con Arcadio y Rebeca. Estos tienen hijos: Arcadio (el sobrino). Luego hay una unión entre el sobrino y la tía (Amaranta) que procrean a Aureliano (el Moisés) y Amaranta Úrsula. La estructura se amplifica en analogía con una serie de actos ilícitos como el aprovechamiento de los recursos del pueblo por Arcadio cuando desempeña la función de alcalde. O los actos de Amaranta que mató de dolor a Crespi. Como decíamos antes, no tiene mucho sentido reconstruir los detalles de lo que sucede durante varias generaciones (durante un siglo). Es más importante subrayar los problemas básicos, como por ejemplo el incesto, la prostitución o la recurrencia a los actos ilícitos. Lo que hace García Márquez es utilizar los recursos de la narrativa del barroco; la amplificación y la hipérbole. De una historia deriva a otra, y así va amplificando una repetición hacia otra hasta el infinito. De principio a fin de la novela lo que prevalece es el erotismo (entendido éste no como el triunfo de la vida sino más bien de la muerte) y del triunfo de la naturaleza sobre la cultura, o sea, del caos y la destrucción. Todo esto en el marco de un conflicto entre la tradición y la modernidad.
El erotismo
De padres a hijos, de abuelos a nietos, de tías y sobrinos, hay una continua transgresión de las normas sociales. La historia inventada por Melquíades con un siglo de anticipación, trata del origen y desaparición de una estirpe. Parece una crónica de un pecado eterno que culmina con la extinción de la humanidad. Así, de los fundadores a los últimos Buendía hay un erotismo endogámico que como una maldición vuelve a la familia en una especie de infierno: “Un siglo de naipes y experiencias le había enseñado (a Pilar Ternera) que la historia de la familia era un engranaje de repeticiones irreparables, una rueda giratoria que hubiera seguido dando vueltas hasta la eternidad.”
El triunfo de la naturaleza sobre la cultura
Acompañando al erotismo salvaje se desarrolla una lucha todavía más violenta entre las fuerzas de la naturaleza y la cultura. Así, los principales personajes de la novela, además de los seres humanos, son también las hormigas carniceras, la lluvia eterna, el calor insoportable, los pájaros enloquecidos estrellándose contra las casas, los gusanos y los insectos que devoran al pueblo. La lucha entre la tradición y la modernidad. Ni la luz, el telégrafo, el tren, los aviones, la música, nada de los inventos de la modernidad que viene de afuera pueden cambiar la tradición de Macondo. Todo parece imaginario, desde los burdeles hasta el breve esplendor de la compañía bananera. Macondo se mantiene igual. Nada lo puede transformar. Esto significa que hay un triunfo de la tradición sobre la modernidad: “la memoria no tenía caminos de regreso. Toda primavera antigua era irrecuperable”. Para el último Aureliano:
“estaba preparado para asustarse de todo lo que encontrara en la vida: las mujeres de la calle, que echaban a perder la sangre; las mujeres de la casa, que parían hijos con cola de puerco; los gallos de pelea, que provocaban muertes de hombres y remordimientos de conciencia para el resto de la vida; las armas de fuego, que con sólo tocarlas condenaban a veinte años de guerra; las empresas desacertadas, que sólo conducían al desencanto y la locura.”
Lo barroco consiste en mezclar símbolos de la tradición occidental (la electricidad, el tren, el telégrafo, etcétera), con las costumbres del pueblo. Igualmente, hay en la novela un continuo entrecruzamiento de símbolos católicos: el diluvio, Moisés (el último Aureliano), el ángel del mal (el Chupacabras), la virgen María (Mercedes la bella, por cierto uno de los personajes emblemáticos de esta novela ya que simboliza el no ser, es decir, la irrealidad absoluta) con símbolos paganos o productos del imaginario de una tradición (las hormigas en eterna guerra contra el hombre). También hay una mezcla entre los rituales del cuerpo y del espíritu. Los ritos del cuerpo se relacionan con los placeres del bajo vientre, la comida y el sexo, mientras que los rituales del espíritu se relacionan con la beatitud y los esfuerzos hacia la santidad y la obtención de algún utópico reinado. Este último caso lo ejemplifica bien Fernanda, quien después de vivir en el convento traslada a la vida familiar las oraciones y las misas. Su consagración a la santidad y a la salvación de las almas llega a grados de extrema irracionalidad como cuando intenta educar a los trabajadores de la compañía bananera. El culto al cuerpo aparece expresado en los numerosos banquetes que se relatan en la novela, además de los encuentros eróticos. Por ejemplo entre Aureliano y Amaranta Úrsula:
“Ambos llegaron a extremos de virtuosismo cuando se agotaban en la exaltación le sacaban el mejor partido al cansancio. Se entregaron a la idolatría de los cuerpos, al descubrir que los tedios del amor tenían posibilidades inexploradas, mucho más ricas que las del deseo. Mientras él amasaba con claras de huevo los senos eréctiles de Amaranta Úrsula, o suavizaba con manteca de coco sus muslos elásticos y su vientre aduraznado, ella jugaba a las muñecas con la portentosa criatura de Aureliano, y le pintaba ojos de payaso con carmín de labios y bigotes de turco con carboncillo de las cejas, y le ponía corbatines de organiza y sombreritos de papel plateado.”
Finalmente, lo barroco se expresa en la novela como una mezcla de lenguajes. Junto a los rituales de la cultura escrita (que tienen que ver con el mundo del trabajo, la economía, la política y la organización familiar, social), coexiste un lenguaje oculto que se refiere al mundo de las pasiones y de las idolatrías corporales. Tanto es así que en la novela lo que llama más nuestra atención es ese constante recurrir a los presagios, los refranes, las intuiciones. Todo aquello que se puede entender o comunicar con el mundo “no racional” pero que en realidad es otra racionalidad no lógica, ni instrumental. Aquí están por ejemplo los diversos significados del constante morir y renacer de Melquíades con sus pergaminos y lámparas maravillosas. También están las innumerables intuiciones de Úrsula que anticipa lo que va a pasar (por ejemplo cuando siente que en otra parte están matando a su hijo) o también el recurso de no ver para saber más con el corazón o con el olfato: “Más tarde había de descubrir el auxilio imprevisto de los olores, que se definieron en las tinieblas con una fuerza mucho más convincente que los volúmenes y el color, y la salvaron definitivamente de la vergüenza de una renuncia.” Pero no sólo el sentido del olfato representa una mejor guía para la orientación del cuerpo, sino también que hay otros medios para una mejor orientación moral. Como les advertía Úrsula a sus hijos: “¡Cualquier cosa mala que hagas, me la dirán los santos!
Lo carnavalesco
Los grandes acontecimientos como las batallas y las guerras entre liberales y conservadores siempre resultan fársicos. Como en todos los países latinoamericanos, la política nunca es seria. Los partidos asumen las posiciones de los adversarios o se camuflan con sus rituales. En la novela nunca hay convicciones ideológicas. Ir a la guerra significa sólo una aventura, una especie de calamidad inevitable. En el caso del Coronel Aureliano Buendía, se lo describe paulatinamente embriagado y corrompiéndose por el poder. Cabe la noción de lo carnavalesco (según Bajtín) para comprender el modo en que la cultura del pueblo se expresa mediante la carcajada abierta o el ritual transgresor. Este es el caso de las comidas pantagruélicas:
“De todas partes llegaban tragaldabas fabulosos para tomar parte en los irracionales torneos de capacidad y resistencia que se organizaban en casa de Petra Cotes. Aureliano Segundo fue el comedor invicto hasta el sábado de infortunio en que apareció Camila Sagastume, una hembra totémica conocida en el país entero con el buen nombre de La Elefanta. El duelo se prolongó hasta el amanecer del martes. En las primeras veinticuatro horas, habiendo despachado una ternera con yuca, ñame y plátanos asados, y además una caja y media de champaña, Aureliano Segundo tenía la seguridad de la victoria…Al término de la primera noche, mientras La Elefanta continuaba impávida, Aureliano Segundo se estaba agotando de tanto hablar y reir. Durmieron cuatro horas. Al despertar se bebió cada uno el jugo de cincuenta naranjas, ocho litros de café y treinta huevos crudos. Al segundo amanecer, después de muchas horas sin dormir y habiendo despachado dos cerdos, un racimo de plátano y cuatro cajas de champaña, Petra Cotes llevó a la mesa dos pavos asados.”
También los encuentros eróticos entre hermanos y hermanas son descritos en tono carnavalesco del máximo nivel del escándalo (como perturbar la paz de los muertos):
“Alquilaron una casita frente al cementerio y se instalaron en ella sin más muebles que la hamaca de José Arcadio. La noche de bodas a Rebeca le mordió el pie un alacrán que se había metido en su pantufla. Se le adormeció la lengua, pero eso no impidió que pasaran una luna de miel escandalosa. Los vecinos se asustaban con los gritos que despertaban a todo el barrio hasta ocho veces en una noche, y hasta tres veces en la siesta, y rogaban que una pasión tan desaforada no fuera a perturbar la paz de los muertos.”
Es interesante hacer notar que el tema del incesto constituye una de las claves más significativas de la novela, ya que su resultado se describe invariablemente con imágenes del caos y del no ser. Por supuesto que hay otras claves, pero la principal en Cien años de soledad es la imposibilidad de lograr una relación armónica entre la familia y la sociedad, entre la naturaleza y la cultura. Siempre hay una culpa (incluso antes de que sucedan los hechos). Esta culpa viene expresada en los sueños o temores profundos de engendrar iguanas. Así José Arcadio y Úrsula se sienten inhibidos al imaginar que se transformarán en animales. En el mismo tono, el autor relata la relación entre el último Aureliano y Amaranta Ursula:
“Perdieron el sentido de la realidad, la noción del tiempo, el ritmo de los hábitos cotidianos. Volvieron a cerrar puertas y ventanas para no demorarse en trámites de desnudamientos y andaban por la casa como siempre quiso estar Remedios, la bella, y se revolcaban en cueros en los barrizales del patio, y una tarde estuvieron a punto de ahogarse cuando se amaban en la alberca. En poco tiempo hicieron más estragos que las hormigas coloradas: destrozaron los muebles de la sala, rasgaron con sus locuras la hamaca que había resistido a los tristes amores del coronel Aureliano Buendía, y destriparon los colchones y los vaciaron en los pisos para sofocarse en tempestades de algodón… Una noche se embadurnaron de pies a cabeza con melocotones de almíbar, se lamieron como perros y se amaron como locos en el piso del corredor, y fueron despertados por un torrente de hormigas carniceras que se disponían a devorarlos vivos.”
La historia de Macondo narrada a través de cien años, es un relato de la imposibilidad de continuación de la vida, de la memoria. La promesa de continuidad es falsa ya que después de esos largos años, la sociedad llegó a su fin. Hubo nacimiento, desarrollo, (conflicto entre la tradición y la modernidad) y muerte. No hubo renacimiento. Por eso es que la novela es un relato apocalíptico. De muchas maneras la imposibilidad de continuación histórica derivó de la caída del ser en el no ser, de la tradición en el caos, de la cultura en la naturaleza. No hay posibilidad de narrar la historia de un progreso, de una llegada a la civilización, ni siquiera de una mínima modernidad.
Fragmento del libro: Barroco y neobarroco en América Latina, de Samuel Arriarán, Editorial Itaca, México, 2007.