Valeria Luiselli: identidad y migración

En la novela Desierto Sonoro de Valeria Luiselli, una familia viaja por ciudades del sur de Estados Unidos. La mujer y su marido no están conformes y van en busca de algo que les estabilice. Cuando se alojan en hoteles la mujer sale en busca de otros amores, pero sin éxito. Los dos hijos que los acompañan no entienden nada. Sólo se trata de errar por lugares en busca de un pasado perdido, de encontrar algunas huellas de niños igualmente perdidos.

   Nuestro interés por la obra de esta autora consiste en que en ella encontramos una visión de la literatura no como una abstracta representación de lo real, sino como configuración activa y práctica de la realidad. Esto significa dar una gran importancia al mito y a la historia. En este punto coincidimos con Lois Parkinson Zamora (2004) cuando señala que no hay oposición entre el mito y la historia. La simple oposición no sirve para entender otras formas de comunidad como en Los niños perdidos donde hay una preocupación por las huellas de los otros, de las víctimas de las políticas discriminatorias. Esta autora se sumerge en su propio relato, pues le interesa testimoniar desde adentro para producir un cambio social, interviniendo para modificar las leyes que legitiman la discriminación. En este esfuerzo de impulsar un cambio social desde la literatura se puede reconocer un ethos barroco que se opone a la lógica de la sociedad capitalista. Hay que valorar la narrativa de Valeria Luiselli como otra expresión de estética barroca que pugna por romper las fronteras entre el relato documental y el relato de ficción.

niños migrantes

   Los niños perdidos que en principio era un relato testimonial, un reportaje de denuncia de la situación de los niños migrantes en Estados Unidos, se convierte en Desierto sonoro, en un relato de ficción basado en experiencias reales como la deportación de esos mismos niños. La estética barroca se expresa como una mezcla de géneros literarios, entre la crónica, el mito e incluso la ciencia ficción. Se rompe con el tipo de narración turística convirtiendo el viaje en una exploración hacia el encuentro con los viejos mitos fundacionales de la nación estadounidense. Así, lo que se busca son las huellas presentes en los cementerios como los sonidos y otros vestigios relacionados con Gerónimo y los apaches (que lucharon en lugares como Arizona hasta ser vencidos y expulsados de sus tierras). 

Lo que Valeria Luiselli sugiere es que la exploración de los mitos nos sirve para comprender los que sucede en el presente. Igual que en el pasado, en el presente también hay este conflicto entre los poderosos y los débiles, entre ricos y pobres, los que se creen dueños del mundo y los que no merecen vivir. Igual que los apaches considerados como seres no reconocidos, matables o prescindibles, también los migrantes de hoy son encerrados en reducciones equivalentes a campos de concentración. 

A lo largo de la novela hay voces que se intercalan, a veces es la madre la que relata y luego la hija o el hijo. Las perspectivas cambian constantemente. Al principio, cuando oímos las voces de los niños parecen normales, luego al final se muestran más maduros que los adultos. Lo que muestra que la perspectiva infantil es más comprensiva de la situación de los niños migrantes. Más que diálogos hay miradas, contactos olfativos, sonidos que nos abren otros modos de percepción de la realidad. La novela concluye como ciencia ficción con uno de los hijos observando desde la luna las grandes injusticias y discriminaciones que suceden en este planeta capitalista.

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