Uno de los debates pedagógicos importantes actualmente gira en torno de la memoria y del olvido. Hay un nuevo y grave problema surgido con el desarrollo de las nuevas tecnologías informáticas. En los últimos años es ya evidente que vivimos en un mundo saturado donde las imágenes imponen nuevas formas de control.
El exceso de información está llevando a una nueva forma de abuso de la memoria. Paradójicamente este abuso está derivando en una “civilización del olvido”, es decir a una sociedad sin pasado ni futuro. No necesitamos ser docentes posmodernistas para darnos cuenta de que estamos siendo encerrados en un eterno presente, es decir en un tiempo esférico donde la total transparencia de la información nos está llevando a un mundo vacío, donde todo está visto y todo está dicho. En este mundo vacío (por estar totalmente lleno) parece que ya no hay nada que conocer.
A la sobreexposición de las imágenes, le sucede la subexposición de la cultura escrita. Es como si ya hubiera un triunfo de la cultura de la oralidad y de lo imaginario que ha sustituido a la realidad (como nos advertía Jean Baudrillard).
También en México y los países latinoamericanos comprobamos que nuestra vida cotidiana es sustraída para formar parte de la cultura globalizada. Vivimos ya no en función de necesidades locales sino en función de necesidades económicas reguladas por sistemas informáticos internacionales . El tiempo local es absorbido por el tiempo global ¿cómo no darnos cuenta entonces que las transformaciones geográficas y del espacio implican transformaciones más radicales? Esto implica que también cambian nuestros conceptos del pasado y del futuro, de la memoria y del olvido.
El problema entonces es que, ante esta saturación tan dañina para la salud pública, necesitaríamos cierto derecho a no ver (para no caer en lo patológico de la percepción). Y el derecho a no ver ¿no equivale al derecho de olvidar? Olvidar no significa destruir el pasado. Se trata de construir pero para construir hay que olvidar lo excesivo, lo redundante, lo patológico. Esto significa reaprender a ver y a oir porque la mirada ya no ve. Lo que hay es un tiempo vacío donde no sucede nada, un presente continuo dilatado.
¿Cómo pensar desde una nueva pedagogía este problema? Ante las nuevas formas de manipulación ideológica producidas por las nuevas tecnologías, tendríamos que pensar en la necesidad de que se reduzca la intensidad del bombardeo informativo. Este tipo de demandas que suponen una ecología de las imágenes implica un rechazo a una nueva forma de amaestramiento de la memoria como amaestramiento óptico. Tienen razón autores como Paul Virilio cuando señalan que, si según Kafka el cine era poner un uniforme al ojo, la televisión es ponerle un chaleco de fuerza que conduce a la desaparición del pasado y del futuro. O como decía Carlos Monsiváis, la escuela pública en México ha sido sustituida por Televisa que se encarga del amaestramiento ideológico.
En mi libro Filosofía de la memoria y el olvido me refiero a la pérdida de la memoria que equivale a una catástrofe educativa por significar el triunfo moderno de la lógica totalitaria.

El universo hipertecnológico nos ha arrebatado la capacidad de desear mediante una política de homogeneización cultural. Estamos ante una sociedad fetichizada porque la tecnociencia no tolera otros lenguajes (como el lenguaje basado en emociones, gestos, símbolos, fábulas o metáforas). Esto nos lleva a pensar: ¿la crisis de la educación occidental es fundamentalmente una «crisis de memoria» ? Si el vigor de la memoria sólo puede sostenerse allí donde hay silencio, hoy en la sociedad global este orden de silencio casi no existe. Sin la memoria y sin el silencio que la memoria requiere, la lectura no nos puede proporcionar ninguna fuerza vital. Sin memoria, la educación se pervierte y nos quedamos sin identidad (individual y colectiva).
Una educación desde la memoria es una educación en la que tiene en cuenta al Otro y por tanto se plantea como una continuación entre el pasado, el presente y el futuro. Esta educación no puede desarrollarse mientras el lenguaje pedagógico esté colonizado por las fórmulas matemáticas y estadísticas. Este planteamiento se relaciona con la esfera del deseo como parte fundamental del ser humano. Para que haya memoria debe haber deseo. Una sociedad donde el deseo está debilitado es una sociedad moribunda. De ahí la importancia de rescatar el aspecto humanístico en la educación actual. También es importante abordar el significado de la enseñanza de la historia ya que ésta adquiere sentido como parte de la formación de una ciudadanía que no se reduce ni a los políticos ni a docentes o estudiantes, sino a toda la sociedad en su conjunto. El problema de la memoria y del olvido se relaciona estrechamente con la representación del pasado. Del modo como se da esta representación se deducen formas de acción y valores en el presente. Entonces hay que olvidar aquellos viejos esquemas de hechos predeterminados por interpretaciones teleológicas para dar paso a una hermenéutica de la pluralidad, las diferencias y los múltiples relatos. A esta hermenéutica pluralista la hemos denominado “barroca” por corresponder más a la realidad de los países de América Latina.
Tal sería el horizonte y el compromiso para elaborar nuevos contenidos de una enseñanza de la historia en la que la tarea urgente sería cuestionar todo tipo de perspectivas excluyentes.
Los debates sobre memoria y educación en nuestros países plantean revisar qué debemos enseñar, qué historia, qué contenidos transmitir y qué finalidades cumplir. En la sociedad totalmente informatizada la verdadera habilidad ya no consiste en adquirir información (hoy cualquiera puede hacerlo gracias a Internet). De lo que se trata ahora ya no es acumular sino de rechazar falsa información. ¿Podría haber un arte del olvido así como en el pasado había un arte de la memoria?.