¿Cuál es el resultado de la modernización educativa en México? En términos generales, se advierte que la situación del sistema educativo mexicano se ha modificado sustancialmente por los cambios surgidos del proceso de globalización mundial y las exigencias del Tratado de Libre Comercio. Esta modificación ha afectado los fines y valores tradicionales de la educación en México. Una nueva filosofía, la de la competencia (del mercado), campea en todos los ámbitos de la sociedad mexicana, incluidos los de la educación básica, media, superior e incluso de la investigación científica.
Aunque el TLC no toma en cuenta la educación (porque sólo establece reglas para el libre intercambio de mercancías), sin embargo ha tenido impactos que no se pueden minimizar. La apertura comercial y sus demandas de productividad y modernización sobre el sector productivo se transfieren directamente (y de manera mecánica, sin ninguna reflexión) al sector educativo, implicando una profunda transformación en todos sus niveles.

Desde el punto de vista oficial, la apertura comercial que implica la reforma de la estructura económica del país y el nuevo papel no interventor del Estado, ha ocasionado una transformación altamente positiva de la educación en términos de una nueva perspectiva de «no tutelaje» y de «productividad». La búsqueda de la «excelencia académica» y la integración de las universidades al sistema productivo permite a México, integrarse al Primer Mundo, facilitando además ascender al estudiante a la condición de «cliente», revaluar al catedrático con sistemas de productividad e infundir en las casas de estudio nuevos valores como la rentabilidad, dinamismo, eficiencia, etc., valores propios de la «auténtica empresa». Pero hay que advertir que estos nuevos valores se han impuesto verticalmente, (al igual que dentro del magisterio) sin ninguna consulta de las bases. Los nuevos valores convierten prácticamente a todas las casas de estudio en «herramientas de modernización social» (sustituyendo así su tradicional función de conciencia crítica del país).
Parte fundamental de estos valores de la modernización es la llamada «cultura dela evaluación» que bajo el pretexto de una medición de las actividades académicas (docencia, publicaciones, posgrado, etc.) ha terminado imponiendo una especie de cultura desintegradora, es decir, de lucha a muerte por conseguir puntaje con el fin de recibir estímulos y becas. Paradójicamente, esta cultura evaluadora que funciona a nivel individual e institucional ha traído, como consecuencia, una mayor diferenciación en el sistema educativo, al imponer criterios homogéneos imposibles de lograr.