
La hermenéutica gadameriana intentaría evitar que la comprensión se convierta en una posición etnocéntrica (además de eurocéntrica), en cuanto inclusión asimiladora de lo extraño en nuestro horizonte de interpretación. Desde este punto de vista, la «fusión de horizontes» a la que tiende todo proceso de entendimiento no significa una asimilación de los «otros» a los valores y normas de «nosotros», sino en la convergencia creativa y superior entre «nuestras» perspectivas y la de los «otros».[1]
Gadamer afirma que, para poder comprender o traducir la experiencia del Otro, el intérprete requiere tener su propio horizonte histórico. Lo que la comprensión hermenéutica exige, no es la introyección de una individualidad en la otra, ni el sometimiento de los criterios de uno al otro.[2]
Para poder comprender la tradición, se requiere tomar conciencia de nuestros prejuicios y juicios epocales. La capacidad de comprensión, por tanto, es una tarea que depende en su fundamento de la capacidad de autocomprensión del intérprete. En este sentido, la superación de las distancias horizontales y verticales dependen de la capacidad de autocomprensión y comprensión de los múltiples actores en el tiempo y en el espacio. La objetividad de la interpretación sólo puede estar garantizada por la participación reflexiva del intérprete. El peligro de la interpretación reside allí donde el intérprete se autocomprende como «observador» (ilusión del objetivismo), inmune al mundo de vida que estudia. El objetivismo histórico es una ilusión en tanto cae en la fe aquel que pretende vanamente de prescindir de sí mismo en la comprensión:
Quien se refiere a los prejuicios es alguien con quien no se puede hablar… ¡Pero quién no está dispuesto a cuestionar sus prejuicios es alguien con el que tampoco se puede hablar! Heidegger empleó una expresión que pone las cosas en su punto (primacía de los prejuicios) Y de una primacía así forma parte la capacidad de dar razón al argumento del otro.[3]
El concepto de «pre-estructura de la comprensión»
Según Gadamer, la comprensión no es asunto de la subjetividad, sino de una penetración en el «acontecer de la tradición». Basándose en la idea de Heidegger sobre la temporalidad del ser, afirma que el ser en cuanto realidad existencial está siempre ahí, es decir que el sujeto se encuentra ya de antemano en relación directa con el mundo. Por eso es que cuando el sujeto se coloca en situación de interpretar algo, se encuentra en una situación de sometimiento a aquellos hábitos y costumbres que se han ido formando en su persona previamente. Se trata entonces de un acto previo a la comprensión del objeto del conocimiento que, por el hecho de ser previo, no llega a adquirir el carácter verdadero de conocimiento, sino que sólo se materializa como un esbozo o bosquejo de comprensión. Con el desarrollo de este esbozo de comprensión, se puede conseguir que ese pre-conocimiento se vaya revisando y sustituyendo por una nueva comprensión a medida en que se profundiza el conocimiento.
El «círculo hermenéutico» formulado por Heidegger, y desarrollado por Gadamer, da cuenta del camino de lo particular a lo general, del texto al contexto, de la parte al todo, y viceversa. El «círculo hermenéutico» permite establecer criterios históricos de validez intersubjetiva sujetos a crítica objetiva y racional. Por este camino se evitan los falsos problemas de objetividad planteados en términos de la «filosofía de la conciencia». Al mismo tiempo que esta estrategia establece unos parámetros mínimos de pertinencia de nuestra interpretación en la medida en que contamos con un marco social de referencia.
El concepto de «prejuicio»
Este concepto es, para Gadamer, la base de toda comprensión. El «prejuicio» no se remite a su correspondiente ilustrado, sino que más bien hay que entenderlo en relación a la autoridad y a la tradición. Esto significa, por un lado, que la aceptación de la autoridad no tiene por que ser un acto de obediencia ciega, sino por el contrario, puede ser también un hecho justificado por la validez que proporciona el conocimiento.[4]
Aparte de considerar el prejuicio más atacado por la Ilustración (el prejuicio de autoridad), Gadamer se ocupa también de otro prejuicio, que puede ser igualmente otra fuente de conocimiento: el de la tradición. Para explicar cómo se produce la acción de la tradición en la historia, acude al ejemplo de «lo clásico», entendiendo por ello un» momento de madurez» o «presente atemporal».
En la citada conversación con Cartsten Dutt, el autor de Verdad y Método hace una importante aclaración porque no se trata de hacer (como le señalaron muchos críticos) una apología del clasicismo (donde se mete de contrabando una concepción sustancialista de la tradición), sino más bien de subrayar el carácter de la validez del arte más allá de su contexto histórico:
Cuando decimos que algo es clásico, eso quiere decir ¡Esto se volverá a oir siempre, a ver siempre, a poder leer siempre, siempre será correcto! Esto no es otra cosa que nuestro uso común del lenguaje y no una definición artificial. En esa medida este concepto de lo clásico queda muy lejos de esa crítica que se le ha hecho. Por lo demás, nunca he negado que seamos conscientes de la distancia histórica con respecto a tales obras clásicas, ni que esa distancia nos plantee asimismo cuestiones cognoscitivas históricas. Sin duda esto mismo puede decirse de nuestra conciencia histórica desarrollada, del sentimiento histórico (que ya se da por supuesto) con el que nos acercamos hoy a las creaciones artísticas.[5]
De acuerdo con este razonamiento podemos comprender que la novena sinfonía de Beethoven, por ejemplo, surgió en un determinado momento histórico que sólo puede comprenderse a partir de ese contexto. Y sin embargo, la obra significa para nosotros algo más allá de ese referente histórico original. Lo clásico se relaciona entonces con el problema de la perdurabilidad y trascendencia histórica del arte. Este tema lo desarrolla de manera más amplia en sus libros dedicados a la teoría estética. Por ejemplo en La actualidad de lo bello, argumenta que lo importante es explicar el hecho de que frente a la situación actual amenazada por la muerte del arte, se plantea la necesidad de establecer una continuidad del pasado con el presente.
[1] Hans Georg Gadamer, Verdad y método, Sígueme, Salamanca, 1977, p.377.
[2] Ibid., p.465.
[3] Carsten Dutt (editor) En conversación con Hans Georg Gadamer, op.cit. p. 35.
[4] H.G.Gadamer, Verdad y método, op.cit.p.347.
[5] Carsten Dutt (editor) En conversación con Hans Georg Gadamer, op.cit. p. 72.
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