
De la calle Sagárnaga a Castaneda: La sabiduría de Juan José Alba.
En el ámbito de lo cotidiano, los nombres suelen ser etiquetas de afecto. Para su familia, Juan José Alba era simplemente «Juanjo», un nombre que evocaba la calidez de la mesa compartida. Sus amigos más cercanos, aquellos que recorrieron con él los senderos de Bolivia, lo llamaban «el Juancho», un apelativo que sellaba una hermandad forjada en el trabajo y la caminata. Sin embargo, fuera de esos círculos de intimidad, su figura se transformaba. Por su conocimiento profundo y todos los demás le llamaban «Don Juan».
Este respeto no era gratuito. Juan José no era un académico de escritorio. Se le veía con frecuencia en Raqaypampa y en diversas comunidades indígenas, como en el Norte de Potosí. donde su presencia era recibida con la naturalidad de quien pertenece al lugar. Entraba y salía de las comunidades con una fluidez asombrosa, conectando mundos que para otros parecen irreconciliables.
La coincidencia con el México de Castaneda
Recuerdo bien una tarde en la que conversábamos sobre el peso de los nombres. Le mencioné que su trato de «don Juan» tenía cierta precisión porque era muy adecuado.. Le hablé de Carlos Castaneda y de aquel famoso sabio de la comunidad yaqui en el norte de México. Aquel otro Don Juan era un filósofo de lo invisible y un curandero que entendía la realidad como una red de energía.
Juan José escuchó con atención, sin un rastro de soberbia. Con la sencillez que lo caracterizaba, me respondió que para entender de dónde venía su visión, yo no debía mirar el nombre, sino a los maestros que lo formaron. Me habló de dos pilares que sostenían su saber: un médico callawaya en la calle Sagárnaga de La Paz y una anciana curandera en el mercado de La Cancha en Cochabamba.
Los maestros: Entre La Paz y Cochabamba
El primer pilar, el médico callawaya, representaba la ciencia ancestral de los herbolarios itinerantes. En su pequeño puesto, rodeado de resinas, amuletos y plantas medicinales, este hombre custodiaba siglos de conocimiento sobre la salud y el equilibrio. Por otro lado, la curandera de La Cancha, en el corazón de Cochabamba, aportaba la sabiduría práctica y espiritual que solo se encuentra en el bullicio de los mercados populares, donde la vida y la medicina se mezclan a diario.
Un puente entre dos mundos espirituales
Mientras el humo del incienso en honor a la Pachamama llenaba el espacio, nuestra conversación se centró en Las enseñanzas de Don Juan. Analizamos cómo la obra magistral de Castaneda, aunque situada en México, encontraba ecos profundos en la medicina espiritual de los Andes. La charla dejó de ser un intercambio de datos para convertirse en una lección de vida. Comprendí que Juan José me estaba abriendo las puertas a una realidad que apenas empezaba a vislumbrar: una realidad donde la literatura y la vida se funden en un solo relato.