Hernán Lara Zavala

Hernán Lara

Hernán Lara Zavala escribió Península, Península, una novela que está centrada en la guerra de castas, en Yucatán, en el año de 1848. Hay cuatro historias paralelas: 1) la del escritor José; 2) la de la señorita Bell; 3) la del doctor irlandés Filtzpatrick  y 4) la de Lorenza. Estas historias corresponden a la vida de personajes de la clase alta, de raza blanca. Aunque toda la vida gira en torno de ellos, sin embargo el autor subraya la presencia indígena y de los principales jefes de la rebelión: Pa y Chi. Al terminar de leer la novela nos damos cuenta de que se trata de una trama en torno de los héroes de la resistencia indígena y su derecho al proceso de descolonización (en 1849, Yucatán se había separado de la República mexicana).

Lo que sorprende es que en cierto momento toda la península de Yucatán estaba en poder de los rebeldes quienes se propusieron liquidar todo vestigio de la dominación española. Y esta liquidación consistía no sólo en la derrota militar sino en la exterminación física de los blancos:

«Ustedes han abusado de nosotros desde siempre. Quemaron el pueblo. Fusilaron a nuestros caciques. Y ahora nos acusan de atacar a los blancos con la tea y el machete y nos llaman salvajes olvidando que durante siglos nos han matado de hambre, esclavitud y abusos» (p.172).

   El riesgo de hacer una novela con una historia así, consiste en reproducir la ideología indigenista, pero no es el caso de Hernán Lara Zavala quien con acierto subraya más los conflictos de los personajes de la clase condenada. Hay una especie de contexto apocalíptico con señales y presagios que anuncian el fin de la colonización española. Pero lo más interesante es el modo en que configura la narración desde la perspectiva de algunos personajes como la señorita Bell, una maestra inglesa contratada para educar a los hijos de un terrateniente. Ella ve con extrañeza a la cultura maya pero acaba por adaptarse a ella casándose con un indígena. Otro personaje paradigmático es Fitzipatrik, un médico irlandés que hace analogías con la dominación inglesa y la dominación española. Es un personaje paradigmático porque como los personajes de Joseph Conrad se sienten malditos (“me temo que la Península está tan maldita como yo”.) y condenados a ser testigos de revoluciones ajenas:

«Lo que los blancos llaman  barbarie no es otra cosa que la descalificación del enemigo, pues ellos habían sido tan crueles o más en la conquista, sometimiento y catequización. La civilización es la barbarie ajena, se decía Fitzpatrick, y quien mejor que él para atestiguarlo ya que había atendido a heridos tanto del lado ladino como del indígena. La civilización sujeta y esclaviza a la barbarie, a la que somete con fusiles, látigos, cadenas, impuestos y dogmas. Cómo se acordaba de su amada y odiada Irlanda» (p.323).

   Fitzpatrick parece un personaje de Conrad porque igualmente tiene una visión nihilista de la vida. Cree que la vida no tiene sentido, que es un caos y completo absurdo (la vida humana está hecha más para la guerra que para la paz, más para el odio que para el amor, más para el olvido que para la memoria).  Lorenza es esposa de Genaro Montore,  quien en un ataque nocturno a un pueblo español es supuestamente asesinado (pero reaparece después de muchos años). La mujer al dar por muerto a su marido, se casa con otro hombre siendo los dos repudiados como traidores y pecadores. Lo que llama la atención de Lorenza es su decisión de romper con los códigos morales de su sociedad. No le importa ser estigmatizada como puta e incluso se arriesga a mestizarse, es decir, de romper la lógica del panóptico colonial. Su gente, es decir, su clase social blanca, no podía mezclarse por lo que había odio ancestral contra las familias de origen hispánico y se consideraban de alcurnia, todos ufanos de ser blancos y descendientes de europeos.

El último personaje es José Turrisa, el autor de la novela que leemos, sólo que como el personaje de Borges no es el verdadero autor. En realidad es Hernán Lara Zavala, quien después de 150 años retomará la historia perdida de José Turrisa:

«Al novelista le quemaron su obra y yo me arrogué la temeraria responsabilidad de reconstruirla más de ciento cincuenta años después. Pero ¡lástima! Ninguna novela, de ningún autor, puede convertirse en mera reproducción de otra y ni siquiera un pastiche o un palimpsesto podrían hacerle justicia al original» (p.364).

   José Turrisa era un abogado y periodista contemporáneo de la guerra de castas que trataba de interpretar los orígenes de la rebelión india en los abusos de la Iglesia. Se consideraba un liberal y crítico del poder blanco, por lo que no dudó en unirse a la causa indígena desde su posición como intelectual y escritor.

   ¿Qué se puede concluir de esta novela? Es obvio que el interés por la temática de la identidad étnica resurge después del levantamiento zapatista. Este interés no se compara con aquella corriente novelística de los años 30-40 que estaba motivada por la denuncia de las condiciones de explotación, más que por cambios estéticos. Se comprende entonces que el sentido de esta novela de Hernán Lara Zavala gira en torno de los nuevos problemas del enfrentamiento entre civilización y barbarie, tema que aunque está presente en la novela indigenista, sin embargo adquiere nuevos matices por el hecho de la discusión sobre el fin del Estado nacional, monocultural y la vigencia del federalismo. Es así que frente al agotamiento de los paradigmas centrados en la democracia formal que no resuelven los problemas de los indígenas mexicanos, podemos imaginar aquello que el autor nos propone como mestizaje de nuevo tipo, es decir, un país que no sea un panóptico exterminador de los indígenas. Y es que en el contexto actual caracterizado por el odio racial resulta posible rescatar aquel proyecto republicano contrario a la “casta divina”. No es casual que la novela de Hernán Lara Zavala tenga como contexto histórico la guerra civil o mejor dicho la rebelión indígena de 1848. Se puede interpretar de otra manera lo sucedido a partir del presente, cuando nuevamente en México y América Latina despiertan las reivindicaciones indígenas contra los nuevos civilizadores posmodernistas que sueñan con resolver los conflictos sociales simplemente con mecanismos de democracia formal. Como deducimos de esta novela, dichos mecanismos ya fueron descartados en aquellos años cuando ni siquiera las fronteras entre naciones estaban delimitadas.

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