Memoria y olvido en Tokio Blues de Murakami: análisis filosófico

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El escritor japonés Haruki Murakami intenta explorar la memoria y el olvido en su novela Tokio Blues. La historia comienza cuando Watanabe en un día cualquiera de su vejez y en algún aeropuerto escucha casualmente una canción de los Beatles que le remonta a su juventud cuando en 1969 tuvo una relación apasionada con Naoko, una bella joven. La canción le hace recordar primeramente el olor de la hierba, un prado: “pensé en la infinidad de cosas que había perdido en el curso de mi vida. Pensé en el tiempo perdido, en las personas que habían muerto, en las que me había abandonado, en los sentimientos que jamás volverían”.

Una de las personas muertas es su novia Naoko quien tenía a su vez un novio (Kizuki) que se suicidó y que desde el más allá la va llamando poco a poco. A su vez Naoko ya fallecida por una enfermedad psicológica que nunca pudo recuperarse convoca a Watanabe. Ciertamente no es fácil comprender este extraño ciclo de convocatorias de los muertos a los vivos. Hace falta remitirnos a la mitología japonesa con su peculiar filosofía de que la verdadera realidad es la apariencia, el sueño y la muerte. Es así que comprendemos entonces el universo fantasmagórico del autor:

«A partir de la noche en que murió Kizuki, fui incapaz de concebir la muerte (y la vida) de una manera tan simple. La muerte no se contrapone a la vida. La muerte había estado implícita en mi ser desde un principio. Y éste era un hecho que, por más que lo intenté, no pude olvidar. Aquella noche de mayo, cuando la muerte de llevó a Kiyuzi a sus diecisiete años, se llevó una parte de mí.»

Esta idea de la muerte implícita se acompaña de una inversión de la realidad y el sueño:

«¿Cuanto tiempo permanecí así? Estaba tan inmerso en aquel torrente imprevisto de recuerdos (parecía un fuente que brota entre las grietas de las rocas) que no me di cuenta de que Naoko abría la puerta y entraba sigilosamente a la habitación. Allí estaba. Levanté la mirada y clavé mis ojos en los suyos. Naoko me observaba, sentada en el sofá. Al principio pensé que su silueta era una imagen entretejida con las de mis recuerdos. Pero era la Naoko de carne y hueso».

Esta inversión total de la imaginario como algo muy real es la operación que hace Murakami en sus novelas. La operación consiste en atribuir a la memoria una capacidad de hacer resucitar a los muertos. Pero esta resucitación no es inmediata sino lenta, en cámara lenta:

«Me lleva tiempo evocar su rostro. Y conforme vayan pasando los años, más tiempo me llevará. Es triste, pero cierto. Al principio era capaz de recordarla en cinco segundos, luego éstos se convirtieron en diez, en treinta segundos, en un minuto. El tiempo fue alargándose paulatinamente, igual que las sombras en el crepúsculo. Puede que su rostro desaparezca absorbido por las tinieblas de la noche. Sí, es cierto. Mi memoria se está distanciando».

Este distanciamiento también es un lento debilitamiento de la vida. La realidad parece difuminarse mientras la angustia se vuelve insoportable. La escritura como rememoración se vuelve una tarea inútil:

«Lo cierto es que mi memoria se ha ido alejando de aquel prado y son ya muchas las cosas que he olvidado . Al escribir así, persiguiendo mis recuerdos, a menudo me asalta una inseguridad terrible ¿No estaré olvidando la parte más importante? ¿Acaso no existe en mi cuerpo una especie de limbo de la memoria donde todos los recuerdos cruciales van acumulándose y convirtiéndose en lodo?».

Para Murakami la memoria es imperfecta porque sólo puede recordar recuerdos imperfectos. Resulta imposible recordar todo. Sólo quedan huellas y fragmentos: la cama, la vajilla, la cocina donde estaba Naoko, la canción de los Beatles que escuchaban juntos…

Pero lo terrible de esta memoria que reconstruye el pasado no es la imposibilidad de pegar los fragmentos del espejo sino más de bien la conciencia de que la memoria para el escritor no está nunca ligada con la vida:

«Mi memoria no estaba ligada a los vivos, sino a los muertos. Las habitaciones que le había reservado a Naoko permanecían con las persianas bajadas, los muebles estaban cubiertos con trazos blancos, en el alféizar de la ventana se había posado una fina capa de polvo. Pasaba la mayor parte del día en esas habitaciones. Y pensaba en Kizuki que al fin consiguió a Naoko».

La novela concluye con Naoko arrastrando a su vez a Watanabe (“A veces me siento como el portero de un museo. Un museo vacío, desierto, que ya nadie visita. Y yo lo custodio exclusivamente para mí”).

Tal es la memoria para Murakami como un museo desierto. Es la nada absoluta. El vacío perfecto por el poder del olvido que los destruye todo.

Publicado en el libro: Samuel Arriarán, Filosofía de la memoria y el olvido, Editorial Itaca, México

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