
Gaby Vallejo fue una gran escritora boliviana. Como Adela Zamudio o Yolanda Bedregal exploró el tema del cuerpo femenino con toda potencia espiritual, su sexualidad y erotismo. Recuerdo que su primera novela Los vulnerables (1973) me produjo un interés creciente por estos dilemas subjetivos que siempre son sociales. El personaje principal, una mujer que militaba en la guerrilla urbana, cuando sale al exilio, se encuentra en todas partes lo mismo, la desazón, el vacío, e, sin sentido que provoca la praxis política cuando se halla desorientada.
En otra novela posterior, Gaby Vallejo trata el tema de la represión pero como resultado de la opresión cultural y racial. A lo largo de mis visitas a Bolivia, me encontraba con ella. Y la última vez, que acordamos reunirnos para entregarle mi libro La representación de la identidad en la literatura boliviana, a último momento me llamó para decirme que tuvo una caída de la que no podía recuperarse. El 20 de enero de este año de 2024,
Gaby Vallejo falleció a la edad de 82 años. Como un modesto homenaje a su trabajo (que también nutrió vigorosamente el terreno educativo) escribí estas líneas sobre una de sus mejores novelas:
En ¡Hijo de opa! (1977) Gaby Vallejo nos cuenta la historia de dos hermanos desde la infancia hasta la vida adulta. Uno de ellos, Martín es hijo bastardo. El otro es hijo de un hacendado que procreó otras tres hijas: Elena, Ángela e Isabel. La primera parte está ambientada en la época de la revolución de 1952. La segunda parte en la época de los años sesenta. En contexto es lo que ocurre en el campo (Tarata) y en la ciudad (Cochabamba). Después de la reforma agraria esta familia como muchas otras pertenecientes a la clase de los latifundistas tiene que huir a la ciudad.
En principio los dos hermanos viven sin conflictos pero el drama comienza cuando Juan José desarrolla en su infancia un odio a muerte contra los indígenas. Esto es quizá lo que mejor define al mestizo como un ser renegado de su origen. Después cuando ya es mayor, se vuelve un agente paramilitar. Dice que vive para cumplir órdenes no para tener vida propia. No duda en aprovecharse de la ingenuidad de sus víctimas. Las extorsiona y se enriquece con los presos políticos.
Quizá se puede interpretar esta historia a partir de la situación de opresión que persiste en la hacienda. Como algo natural para la clase latifundista, el patrón Luis Cartagena está acostumbrado a abusar de las indias. De una de ellas tiene un hijo, Martín. Esta mujer es la “Opa” que es asesinada. De este hecho se deduce una especie de maldición para la familia. Es como si toda relación entre los hacendados y los indígenas ocasionara casi siempre un destino trágico para los hijos. Es así como Elena e Isabel padecen cáncer, mientras que Ángela sufre de soledad. A su vez Juan José muere como consecuencia de sus crímenes.
La familia de los Cartagena representa entonces a la familia mestiza victimaria de los indios, nunca hay posibilidad de reconciliación sino siempre expiación. Pero no se trata sólo de una sola sino de una doble expiación, por el lado de las víctimas, como en el caso de Martín, nunca puede superar tampoco sus traumas. Primero fue sirviente, luego emigra a la ciudad de Cochabamba donde descubre a otros explotados y quiere unirse a su lucha. Quiere vengarse de Juan José que por entonces es jefe de una banda de paramilitares. Martín al igual que sus camaradas de clase “confundían sus deseos de venganza con la fe revolucionaria” (167).
Si la conciencia de clase no es más que una manera de querer justificar su rencor personal, nunca puede liberarse. Regresa al pueblo sin poder haber hecho nada, consolándose únicamente: “Ahora al final de la vida de Juan José , descubría que él fue más afortunado que el hermano patrón, aun con todo el dinero que tuvo, aun con todo el poder que conoció” (172). Falsa consolación que revela la frustración de un obrero impotente, cabe subrayar la compleja personalidad de Juan José, su conversión en cruel torturador no es casual sino que responde a un trauma infantil. Un día descubrió a su padre violando a una india, este hecho vuelve a su mente cada vez que se dedica a torturar a sus víctimas:
«Siente siempre, sin saberlo, el cuerpo de la opa sin dejar de ver el nuevo, el torturado por sus propias manos. Oye, sin saberlo, el grito de su madre, sin dejar de oir el nuevo. Y si sabe, jamás se ha preguntado qué es lo que siempre está buscando en esos cuerpos aturdidos por el golpe o por la muerte» (109).

En el caso de las hermanas de Juan José, también ellas presentan rasgos negativos. Así se siente Ángela: “La desgracia de no haber sido nunca bella, se acrecienta en el momento. Camina para pararse otra vez en otra vitrina y volver a mirarse, de cuerpo entero. Vieja, los hombros caídos. Nadie la mirará al pasar. Es un cuerpo sin significado para los demás” (52). Ángela no habla porque tuvo un trauma cuando alguien la quiso agredir siendo niña. Cuando se enamora y se casa con Carlos, no puede estabilizarse debido a que la otra hermana Elena le disputa al marido “Elena ha encontrado a Ángela y su esposo besándose”(99).
La única que parece “normal” es Isabel, ella es la única que protege a Martín y se siente una verdadera hermana, pero en su vida profesional como maestra tampoco puede estabilizarse. El cáncer que la destruye es un castigo que equivale a una expiación, a la manera de una santa que muere por los demás:
Dios, a quien Isabel le hizo la guerra desde el principio de su enfermedad, no le dejaba en paz. Lo tuvo que aceptar porque siempre le estaba acosando desde su misma carne, y desde su espíritu. Y estuvo como el ser a quien se odia por haber hecho la enfermedad y la muerte, muchos días… o como el ser cuyo poder supremo para hacer sufrir no se comprende. Fueron días en los que Dios era un Dios perverso con el que no era posible dialogar (128).
Así concluye la historia narrada con mucha sensibilidad por Gaby Vallejo.
Esta novela de Gaby también fue llevada al cine.