«La razón le decía que sólo podía haber sido la mujer del médico, ella es la que ve, ella es la que nos ha protegido, cuidado y alimentado, no sería de extrañar que hubiera tenido también esta discreta atención, eso era lo que la razón le decía, pero él no creía en la razón.»
José Saramago, Ensayo sobre la ceguera
Lo primero que me llama la atención de este libro de Aurora Elizondo (Las trampas de la identidad) es su enfoque fuertemente hermenéutico (que es el mismo que yo utilizo en la investigación educativa). Se trata de partir de la autocomprensión de nuestros actos para comprender su sentido y hacer una puesta en común las diversas interpretaciones que tienen los sujetos para arribar a una comprensión adecuada. Lo cual nos obliga a repensar en el proceso de enseñanza- aprendizaje en el aula como irreductible al orden racional cognitivo. Dicho de otra manera, coincido plenamente con la autora cuando insiste en que necesitamos dominar la hermenéutica para salir de las trampas de la identidad que reducen a la educación a un proceso mental o puramente biológico.
Con la hermenéutica se puede entender mejor el proceso educativo como acción simbólica. Esto significa interpretar las determinaciones sociales e históricas (por ejemplo lo que hace el modo de ser docente) como procesos que tienen que ver con la conformación de los cuerpos y de su identificación sexual. Mientras que yo planteo una teoría de la educación a partir del ethos barroco, es decir, de las necesidades afectivas y simbólicas del cuerpo y el modo de ser latinoamericano, Aurora Elizondo elabora sus propios conceptos como la «feminización del magisterio» o la «masculinización» del personal universitario. Otra cosa es si esta feminización o masculinización es valorada negativa o positivamente.

En segundo lugar me llama la atención la manera en que la autora trata un tema importante hoy en día: la dominación masculina. Y particularmente a través de las instituciones educativas. Desde el principio de su libro Aurora delimita muy bien su objeto de estudio. Desde la hermenéutica hay que abordar la identidad y la no identidad entre el sujeto y el objeto de conocimiento destacando el asunto de la producción de la verdad.
Este abordaje no supone necesariamente limitarse a un debate epistemológico ya que como bien dice apoyándose en la hermenéutica de Ricoeur, el problema de la validez debe ser desplazado de la órbita de la filosofía platónica de la verdad. Yo añadiría, también de la tradición positivista de la ciencia . Actualmente contamos con diversas metodologías derivadas de los enfoques cualitativos. La aplicación de estas metodologías en la educación están demostrando ser sumamente fructífera. El propio libro de Aurora es una prueba de dicha aplicación fecunda cuando problematiza la educación preescolar desde un enfoque antipositivista. Y puede decirse que la aportación de Aurora lo es también para la educación en general tomando en cuenta que la problemática educativa exige pensarse a la luz de los procesos simbólicos.
En la medida en que la acción educativa es fundamentalmente un proceso de acción simbólica no hay otro métodos alternativos al positivismo que los enfoques hermenéuticos contemporáneos.
A lo largo del libro Aurora se refiere a la hermenéutica en general destacando su importancia para la investigación educativa. Precisa los aportes de Habermas, Apel, Ricoeur y Gadamer subrayándo cuidadosamente sus aciertos y limitaciones. Entre los principales aportes recupera la crítica de las ideología y la deconstrucción de los mitos. No hubiera estado demás que la autora se refiera a la hermenéutica de filósofos posmodernos como Vattimo, Rorty y Derrida. Lo que parece valorar más es el enfoque de Castoriadis y la hermeneútica ilustrada de Habermas y Apel aunque no deja de señalar las deficiencias de estos últimos.
Entre las limitaciones de Habermas y Apel señala su desacuerdo con el planteo abstracto, logicista que implica plantear una hermenéutica reducida a sujetos desencarnados que únicamente intercambian informaciones. Para Aurora Elizondo la comunicación en el aula como todo acto de comunicación requiere otro comprensión en términos de una lucha por el reconocimiento de una conciencia autónoma. Pero también por la ubicación correcta de la función del ser docente en cuanto éste tiene además de una mente, un cuerpo (femenino o masculino) pero que tiene sus propias necesidades irreductibles al consenso racional.
Y aquí está el primer mérito del libro de Aurora. Su crítica vá más allá de los planteamientos de Habermas y Apel y toca los enfoques teóricos de la educación como el constructivismo y aquellos que reducen la educación a un proceso racional y cognitivo.
Según datos de Manuel Castells en su libro La era de la información, al contrario de lo que se pensaba antes, las estadísticas revelan que a raíz de la nueva división del trabajo impuesta por el proceso de globalización , ha crecido el movimiento de liberación de la mujer justamente porque han ingresado al mercado de trabajo en mayor proporción. Esto significa que hay un cambio radical en el modo en que se define lo femenino. Ahora es más bien un ser autónomo. Las mujeres al adquirir nuevas formas de socialidad en la fábrica, en el trabajo, en la oficina , en la escuela, etcétera, descubren otra manera de ser no dependiente. Las nuevas formas de socialidad que surgen de la nueva división internacional del trabajo en vez de intensificar la dominación masculina lo que produce es una crisis de la estructura familiar con la consiguiente crisis del orden patriarcal en que se fundamenta la dominación masculina